Los 24 de marzo conmemoramos el
“Día de la memoria, la verdad y la justicia”. Bien hecho que se haga, pero
debemos preguntarnos, en realidad lo hacemos sinceramente, como se lo hacía en
los actos iniciales de esta democracia, o en la actualidad en vez de ser una
conmemoración de todos los argentinos, se ha convertido en una diáspora en la
que los partidos políticos se muerden por apoderarse de la bandera de la lucha
por los derechos humanos. La mezquindad política ha hecho que la memoria se
desdibuje, que la verdad se oculte y la justicia pase desapercibida. Claramente
hay un sector que acostumbra de apoderarse de las banderas ajenas, incorporando
la bandera de los derechos humanos para conquistar jóvenes que no vivieron
aquellos triste hechos que promovieron esta lucha, y que desde su natural
rebeldía creen ciegamente un relato mentiroso. Los que ya tenemos años en
nuestras espaldas, tenemos la casi obligación de hacer escuchar nuestras voces,
de que la verdad prevalezca para fortalecer la memoria de la patria defendida
por una justicia que ponga las cosas en su lugar. Nuestra patria, tan sufrida,
tuvo desde sus inicios envuelta en sangrientas luchas fratricidas. Muchos
muchachos hoy creen que la historia contemporánea comienza el 24 de marzo, y un
manto pesado de olvido cubre el porqué de estos hechos. La lucha armada por los
ideales puestos de moda en América Latina por aquellos años, comenzaron mucho
antes. La memoria reclama que se incorporen los inicios de aquellos
derramamientos de sangre. Muchos grupos se armaron y se llevaron mucha sangre
joven, desde el viejo grupo Tacuara (1957), sostenido por sectores de la
iglesia católica, pasando por el grupo Uturunco (1959), que desde la
clandestinidad luchaba por la vuelta de Perón, el grupo Ejército guerrillero
del pueblo EGP (1963), El Ejército revolucionario del pueblo ERP (1970), el
Grupo Montoneros (1970), entre otros tantos que intentaron sostener sus
diversas ideologías con la bandera ensangrentada. El desperdiciado retorno de
la democracia de 1973 sufrió el embate de las izquierdas contra la derecha
instalada en el poder. Esa propia democracia pidió a los gritos que el Ejército
nacional de pusiera al frente de la lucha por parte del estado en jaque, y fue
el Ejercito el que produjo el golpe de estado que nos sumió en la más oscura
página de nuestra historia. Utilizó el terrorismo de estado para dar la pelea,
matando y haciendo desaparecer a miles de argentinos, culpables e inocentes que
no tuvieron la oportunidad de un juicio justo. Siete años después, la lucha del
pueblo unido, consiguió la vuelta de la democracia y con ella la recuperación
de la justicia que puso las cosas en su lugar, de un lado y del otro. Fue Raúl
Alfonsín quien sostuvo en alto la bandera de la lucha por los derechos humanos,
acompañados por otro grupo de patriotas, cuando las cosas estaban calientes y
no era fácil enfrentar a la estructura militar. Vinieron otros gobiernos
después que hicieron retroceder aquella lucha y pusieron en libertad a los unos
y los otros en nombre de una reconciliación argentina que nunca existió. Hubo
sectores vergonzantes de nuestra política, que nunca en su vida hicieron un
Habeas Corpus para defender un detenido, y que, si hicieron pingües negocios
con la dictadura, apareciendo luego como los abanderados de los derechos
humanos, de la madres y abuelas de los desaparecidos, disponiendo de una gorda
billetera, que los ayudó sin dudas.
Así las cosas, reconozco que esta
es mi mirada, de que habrá aspectos a los que no me he referido y en otros en
que me habré equivocado, pero que no tengo dudas, refleja una apretada síntesis
de nuestros encuentros y desencuentros que nos han mantenido en este mar de
lágrimas en que se ha convertido nuestra patria.
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