Relatos de la gran creciente del 82
A fines de 1982, llegaba al sur entrerriano una de los más grandes crecientes que se conoce y que incluso, según un habitante de Ceibas, ya anciano por entonces, comentaba que esta había superado los niveles de histórica de 1905. Claro que teniendo en cuenta que aquella creciente de principios del siglo XX se produjo sin que existieran factores externos, posiblemente fue mayor. Y digo factores externos, porque hacia 1982 se estaba construyendo la nueva ruta nacional 12, en reemplazo de la existente, resultando el terraplenado en la formación de un gran dique de contención de la masa hídrica. Un estudio de factibilidad realizado por una empresa francesa había informado que desde Ceibas hasta Zárate se debían construir 35 Km. de puentes para desaguar una posible crecida de dimensiones. Sin embargo, la decisión de Vialidad Nacional fue la de construir sólo 7,5 Km.
Por entonces fui testigo de muchos hechos que ocurrieron, ya que mi profesión de técnico electromecánico me había llevado a trabajar en la empresa “Dos Arroyos SCA”, precisamente en ese tramo que une Ceibas con el Arroyo “Sagastume”. Así como fui testigo de la llegada de la creciente, coronada de bandadas de miles de pájaros costeros, que formaban una imagen, que de tan hermosa, que no hacía para nada sospechar las tragedias en vidas humanas que se sucederían. El primer tiempo se realizó una denodada lucha para mantener los terraplenes y los puentes nuevos que ya se habían construido. El agua seguía subiendo día a día, a un ritmo impresionante. Los primeros puentes que se socavaron fueron los de la ruta vieja, que corría paralela a la nueva. El nivel del agua hacía que los puentes nuevos no dieran abasto para desaguar, produciéndose socavones que ponían en riesgo de derrumbe a los pilotes centrales de los puentes, y a la vez la corriente lateral que se producía serruchaba el terraplén. Primero ocurrió el corte de los terraplenes en las cabeceras de los puentes, haciendo inútiles los esfuerzos de tratar de defender los derrumbes. Los puentes iban quedando como enormes mesas de cemento por sobre las aguas que habían cubierto toda la región.
La gran lucha fue la de sostener las estructuras de los puentes sobre el Arroyo Grande y el del Arroyo “Sin Nombre”. Abandonada la idea de salvar las estructuras construidas, se comenzó a trabajar en la idea de construir de nuevo los puentes, para lo que se contrató a la empresa “Perfomar”, la que sería responsable de perforan y construir los pilotes de los nuevos puentes. Este trabajo se realiza sobre pontones de flotación, los que son estacionados sobre la correntada con largos cables sujetados por enormes bloques de hormigón, llamados muertos.
Hasta que se pudo, siguieron circulando vehículos por que el Regimiento Batallón de Ingenieros Blindado 2 de Concepción del Uruguay, instaló un puente Bailey de 425 metros sobre el Arroyo Grande, el que, según se comentaba por entonces, era el más largo de Sudamérica. El regimiento mantuvo el paso, hasta que pudo, o mejor dicho hasta que la crecida dijo basta. Se realizaban patrullas a ambos márgenes del terraplén de la ruta, por supuesto en lanchas. Una mañana clara, una lancha, aguas al oeste y del otro lado del Arroyo “Sin Nombre”, patrullaba la costa a cargo de un sargento y doce soldados. Es de destacar que la diferencia de nivel de los planos de agua, alcanzaba una diferencia de más de un metro. La mala fortuna quiso que la lancha comenzara a tener problemas mecánicos y se había parado a la costa, descendiendo toda la tripulación, tratando el sargento de reparar la falla del motor. Por la parte Este circulaba una lancha militar en la que iba un teniente primero, el que observando que del otro lado del terraplén estaba la tripulación parada, detuvo su lancha y se bajó reprimiéndolos de muy mala manera y sin dejar que se le explique qué estaba pasando, les ordenó que vuelvan inmediatamente al destacamento de Arroyo Grande. Como pudieron, pusieron en marcha la lancha y comenzaron su retorno. El motor seguía fallando, pero podían marchar. Al llegar al punto más crítico, al llegar al Arroyo “Sin Nombre”, en dónde se producía una terrible correntada, el motor de la lancha dijo basta, y toda la tripulación fue absorbida por ese torrente de agua, para dar sobre uno de los cables de acero que sostenían los pontones de la empresa que estaba trabajando en el lugar. En ese pandemónium de agua y de gritos, apareció un ángel salvador, mi compañero Fabián Murillo, retroexcavadorista que se encontraba trabajando sobre la cabecera sur del terraplén, no lo dudo y heroicamente se subió a un lanchón que estaba allí y desafiando la correntada comenzó a salvar los soldados, subiéndolos de dónde pudo al lanchón. Fueron dos soldaditos los que no pudo rescatar y recuerdo el relato de Murillo, de cómo se le escapó uno de ellos y ya no lo vio más. Todavía, memorando tan doloroso hecho, recuerdo aquella búsqueda que se hacía por la zona, un mar de agua que ocultó a los infortunados soldaditos. Uno de ellos era entrerriano, de Concepción del Uruguay y el otro era santiagueño. Cuando la crecida se retiró del lugar, todo había cambiado, la arena había cubierto los árboles existentes en los albardones. En uno de ellos, más o menos a los dos años de la tragedia, un islero y su perro encontraron uno de los cuerpos cubiertos por la arena, de la que sólo asomaba un borceguí.
En la cabecera norte del Arroyo “Sin Nombre” hay una placa que recuerda aquel desgraciado hecho. A más de treinta años de aquellos sucesos y de tan tantos otros, aparecen en mi memoria tan claramente como si recién hubieran sucedido. La muerte nos rozaba todos los días, pero la inconciencia de los años jóvenes, nos hacía que aceptáramos desafíos de los más increíbles. Mi recuerdo para aquellos inocentes que dejaron su vida, tan solo por un estúpido capricho.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario