jueves, 6 de agosto de 2020

Una anécdota de Don Juan Arancio

Fue allá por 1994, cuando por nuestro Entre Ríos circulaba la revista cultural “El Aguará”. Junto a Guido Marengo y Miguel Ezeiza, puntales de la revista, decidimos cruzar el río padre, hacia Santa Fe, para hacerle una visita al artista plástico Don Juan Arancio, en su atelier, que estaba ubicado en la calle Juan de Garay, y en cuyo frente marcaba el sitio un hermoso sauce costero. Don Juan, un hombre de un enorme corazón y de una gran humildad, nos recibió con unos hermosos mates amargos, en su lugar de trabajo. Conversábamos como si nos conociéramos de toda la vida, mientras sus manos manejaban con gran maestría sus pinceles y sus pinturas. Estaba muy entusiasmado realizando una serie de cuadros de caballos isleros entre la acostumbrada bruma mañanera de las islas. Su taller estaba cubierto de sus trabajos por todas partes, y cada obra tenía una historia en especial, cada una era un hijo de su arte e imaginación inagotable. Apelando a su memoria, le conté que había conseguido dos originales en tinta de sus dibujos, que incluso conservaban los bocetos en lápiz debajo, sus trabajos son de indios y conquistadores, y recordaba claramente su temática a pesar que los había hecho por 1970. Nos contó de sus encuentros con Fermín Chávez en tiempos que publicaban la historieta de “El Chumbiau” sobre las andanzas de Gerónimo Romero, un capitán jordanista. Nos contó de sus trabajos para Editorial Frontera, para la Editorial de García Ferré, para Editorial Columba, para Fleetway Editions, Editorial Scorpio y otros tantos editores europeos, para Walt Disney. Su humildad hacía que se sintiera como avergonzado de tanto recorrido artístico. El respeto en la realización de sus obras quedó claramente reflejado cuando sentenciosamente nos dijo que una pintura transciende en su vida a la de su autor, y que, ante este hecho, el legado que quedaba en ella debía tener la fuerza de hacer docencia ante quienes la pudieran conocer. Que un pintor no podía y no debía mentir en lo más mínimo en lo que pintara, principalmente cuando se plasmaban situaciones históricas. Algo puntual le había sucedido cuando le habían encargado una pintura para la legislatura santafecina sobre la fundación de Santa Fe La Vieja (Cayastá). El imaginó a Juan de Garay, llegado del Paraguay, realizando la fundación aquel 15 de noviembre de 1573, como se estilaba en aquellos tiempos, se daba lectura a un acta de fundación y se plantaba un rollizo de madera dura, llamado “El rollo de la Justicia”, sobre el que el fundador por medio de su espada imponía el nombre al sitio. Hasta allí tenía todo dispuesto y en su imaginación de artista ya veía cómo iba a quedar su trabajo. Fue allí que lo asaltó la duda que hizo demorar la terminación de su pintura, y esta fue que empuñadura tendría la espada de Juan de Garay. Las opciones eran si tenía la empuñadura en cruz o si tenía una empuñadura con guarnición con defensa para la mano que la empuñara. Para Don Juan era una responsabilidad demasiado grande el legado de su pintura y fue así que anduvo casi cinco años en la investigación sobre aquella verdad. Los datos que recibía eran confusos, ya que algunos de sus amigos españoles consultados no podían asegurarle nada, más teniendo en cuenta que posiblemente las armas disponibles en Paraguay habían sido traídas en fecha incierta. Hasta que al fin un dibujante amigo español le mando de obsequio un hermoso libro sobre espadas españolas de todos los tiempos, con hermosas fotografías, el que nos mostró orgulloso ese ejempla. Allí pues, estaban expresados los periodos en que se habían utilizado aquellas espadas. Hacía 1570 se habían usado las dos espadas de la duda de Don Juan, y por lo tanto en su pintura optó por el modelo más antiguo para aquellos años. Fue así que el artista, no solo pudo terminar su obra, sino que pudo dormir tranquilo, además de dejarnos una enseñanza imprescindible para todos los que tenemos algún berretín de transmitir hechos de la historia. Don Juan Arancio partió hace muy poco hacia la tierra sin mal, nos ha dejado una obra imprescindible y valiosa de conocimientos, transmitidos con ese respeto de un artista admirable.

Juan Arancio


Dos veces muerto

Y podemos decir que, a partir de 1850, Concordia empieza a hacer historia en Entre Ríos y en el país, con hechos que trascienden la importancia local. En efecto, Antonio P. Castro, primer cronista histórico de Concordia, documenta que ese año se levanta el primer monumento a Urquiza en Concordia, y, por lo tanto, éste es el primer pueblo de la República que glorificó en mármol al futuro vencedor de Rosas. En sus Crónicas Históricas, el mencionado autor relata que el 9 de agosto era el santo de Urquiza y, como era costumbre entonces, todo el pueblo celebraba la fecha con festejos populares que alcanzaban contornos extraordinarios. En 1850 quiso hacerse algo mejor de lo que se venía realizando hasta entonces. Se nombró, con tal fin, una comisión de vecinos para que se ocupara de este asunto, que estuvo integrada por Estanislao Panelo, Anacleto Tirigall, Mauricio Dunsford, José M. Pelliza, Juan P. Barceló y Juan P. Penco. Los nombrados tuvieron la idea de levantar una pirámide “en el centro de la Plaza Mayor de esta villa, cuya duración debía ceñirse puramente a los tres días de festividad que preparaban”. Sin embargo, el entusiasmo popular superó los cálculos y las donaciones fueron extraordinarias. Surgió entonces la iniciativa de que la enunciada pirámide —que originariamente sería construida de cartón, madera y lienzo— “fuese erigida (...) con toda solidez y perfección”. Además, llevaría la siguiente leyenda en uno de sus lados: “A Urquiza - El pueblo de La Concordia –Agradecido - 9 de agosto de 1850”, con lo que se constituía en un verdadero homenaje a don Justo José. Solicitada la autorización pertinente, fue concedida.
La construcción que se levantó entonces ya no fue una pirámide sino una columna. En su cúspide fue emplazado un busto de Urquiza, todo lo cual se terminó en 1851. El mencionado busto, que se trajo de Concepción del Uruguay, era de mármol, y se mantuvo en el lugar de su emplazamiento hasta 1871, o sea un año después de la trágica muerte de Urquiza. Justamente el 11 de abril, primer aniversario de su muerte, “una tormenta terrible se desencadenó sobre Concordia, y un rayo vino a caer sobre el busto de Urquiza, destruyéndolo y dando con la cabeza al suelo —relata Castro— partida en pedazos, mutilando totalmente la obra que los hombres erigieran, yendo a parar, la masa de mármol deteriorado a la cárcel pública, donde durante largos años sirviera para picar la carne de los recluidos, con evidente olvido del respeto debido a los restos marmóreos del gran entrerriano”.
Cabe agregar que cuando fue demolida la columna, lo que ocurrió el 28 de diciembre de 1906, se encontraron dos tubos de plomo. Uno de ellos guardaba los antecedentes de la erección de la pirámide, en 1850. El otro, un rollo de papeles casi totalmente destruidos, pero en los que se advertía la siguiente inscripción: “Viva la Confederación Argentina, Mueran los Enemigos de la Organización Nacional”, y una fecha: “mayo 24 de 1851”, que Castro considera como la fecha de construcción de la columna y que vendría a concordar con la leyenda, puesto que el pronunciamiento de Urquiza se había realizado el 1º de mayo. En esto se basa el cronista local para manifestar que la columna de la plaza de Concordia fue el primer monumento a Urquiza en el país.

Urquiza



Batalla del Sauce y sus daños colaterales

El 20 de mayo de 1870 se libró la Batalla del Sauce entre las tropas entrerrianas comandadas por el gobernador Ricardo Ramón López Jordán y las tropas nacionales que en forma irregular había enviado el presidente Sarmiento para controlar lo que él llamó la rebelión. López Jordán había sido impuesto por la Legislatura Provincial para que dispusiera la defensa del territorio provincial. Avanzado los hechos se produce el primer enfrentamiento importante de los contendientes en cercanías de Lucas González, a la vera del Arroyo El Sauce. Según el historiador que mencione los sucesos la ubicación varía desde el Arroyo Nogoyá hasta las nacientes del Obispo. Cabe destacar que por entonces nuestro pago mantenía su viejo nombre de Puntas del Obispo. Las tropas jordanistas en número cercano a los 14.000 hombres se habían desplazado desde lo que hoy es el Distrito Chiqueros y habían tomado posición desde el Arroyo Sauce al sur, mientras que al norte del mismo se dispuso la formación del ejército nacional al mando del General Emilio Conesa, al que se le habían sumado algunos escuadrones provinciales que respondían a los caudillos urquicistas como el Coronel Taborda de Rosario Tala, Coronel Navarro de Nogoyá, General Galarza quien ordenaba sobre el Coronel  Gamarra de Villaguay, Coronel Gutiérrez de Victoria entre otros. Las acciones que después de horas de combate dejan en el campo de batalla entre 150 y 200 hombres muertos y las tropas se dispersan dejando la sensación de que no había una resolución clara para uno u otro bando. Como es lógico, el parte de guerra escrito por el secretario de Conesa, M. Goyena del mando del ejército nacional se adjudicó el triunfo, el que de ninguna forma pudo ser sostenido con hechos concretos. Entre los hombres destacados que lucharon junto a su jefe López Jordán se destacaron: Eloy Fernández, Robustiano Vera, Juan Luis González, Benicio González, Aplinario Almada, Carmelo Campos, Pedro Seguí, Lino Texera, Eustaquio Leiva, Nicomedes Coronel, Mariano Querencio, Romualdo Hermelo, Mateo Sola, Segundo Gianello, Francisco Fernández, Francisco Arigós, Cruz País, José Morán, entre otros. Algunos historiadores han ubicado entre los hombres que participaron de la batalla de El Sauce a José Hernández, pero carece este dato de veracidad, ya que el autor del “Martín Fierro” en esos días se encontraba en Buenos Aires y recién se integró a las tropas jordanistas el 7 de octubre de ese año. El general Conesa, finalizado el enfrentamiento, ubico su campamento en Puntas del Obispo, desde dónde el día 22 solicitó al general Gainza el ascenso de todos los jefes y oficiales de su fuerza, además de solicitarle en forma urgente más armas y municiones. Mientras tanto López Jordán comenzó su desplazamiento hacia el Paraná, el día 26 de mayo sus tropas acamparon en cercanías de Nogoyá, para seguir su marcha hacia Don Cristóbal.  Como dato de color a esta campaña militar por nuestros pagos, es de destacar que las tropas nacionales en sus desplazamientos causaron una serie de daños y perjuicios entre las propiedades de muchos vecinos, los que iniciaron reclamos judiciales. Hasta el cura Generoso Santilli, al que se lo sindicaba como “blanco” (jordanista), resulto herido de arma blanca en pleno acto religioso. Don Basilio Albornoz, le dio un poder a don Vicente Requena, para reclamar al gobierno nacional, una indemnización por los daños que había sufrido a manos de las tropas de Conesa, un día antes de la Batalla del Sauce, en sus campos ubicados al norte del campo de batalla. Don José Correa inicio un reclamo por los daños producidos por el ejército de Conesa en sus propiedades de Las Tunas, Distrito Crucesitas. Don Pedro Solari también inició acciones judiciales por los daños sufridos en su campo de pastoreo al Norte del Arroyo Sauce. Desde el distrito Sauce también hacen lo propio los propietarios doña Rosa Suárez y don Miguel Godoy. Desde distrito Montoya alzaron sus reclamos los vecinos Geraldo García y Benigno Aliendro. Las depredaciones se siguieron sucediendo en distintos lugares de la zona tales como el arreo de ganado vacuno y lanar, rotura de instalaciones, mal trato con el personal de los establecimientos. Los atentados contra la integridad física de los vecinos estaban al día. El padre Santilli apuntó en sus registros del Libro IV de Defunciones: ”En estos meses no puede garantirse la integridad del número de las defunciones habidas a causa de los avances cometidos por los Gefes pertenecientes al Ejército de la Nación. Santilli”




Batalla del Tabaco – Guerra entre correntinos.


Sucedió el 4 de marzo de 1872, en el departamento de Empedrado y registra la histórica política provincial como la Batalla del Tabaco al choque armado donde hasta parientes de uno y otro lado se cruzaron con lanzas, revólveres y carabinas, dándose muerte en defensa de sus preferencias por la futura Presidencia de la Nación.

Era lo que estaba en juego. No sólo diferencias locales se dirimían sino también del resultado de este combate podía variar la futura composición del Colegio Electoral, que elegiría al presidente que sucedería a Domingo Faustino Sarmiento. 

 Fue esta una de las batallas más violentas que registra la historia política de Corrientes y se libró entre sectores del Partido Liberal y grupos “federales” que habían constituido el “fusionismo” en la provincia. Los “federales” se pasaron a llamar autonomistas en Corrientes recién cinco años más tarde.
El gobierno de Corrientes era ejercido por el liberal Agustín Pedro Justo, padre de quien fuera Presidente de la Nación, con el mismo nombre, en 1932. El gobernador Justo, nacido en Goya, fue prácticamente impuesto en el cargo por su predecesor y compoblano coronel Santiago Baibiene, quien al terminar su gestión de gobierno sumaba la gloria de haber comandado el triunfo en la Batalla de Ñaembé y tenía en sus manos todo el poder político.

Un sector del liberalismo dirigido por el prestigioso Coronel Desiderio Sosa encabezó un levantamiento, sumando a su fracción al grupo de “federales” que más tarde se denominarán “autonomistas” y que, entre todos ellos, representaban al “Fusionismo”, una vertiente que en el orden nacional la elaboraban los ministros de Sarmiento: Adolfo Alsina y Nicolás Avellaneda.
El 5 de enero, desde Cururú Cuatiá, inició la revolución el coronel Valerio Insaurralde y se sumaron Raymundo Fernández Reguera, Marcos Azcona, Manuel Vallejos, Serapio Sánchez y otros tantos oficiales de prestigio. Las circunstancias hicieron que el gobernador Justo renunciara el 9 de enero y fuese reemplazado por un Triunvirato.

 El gobernador Justo pidió a Sarmiento la Intervención Federal, pero éste no accedió, ya que la posibilidad de que el grupo revolucionario se alzara con el gobierno, favorecía los planes de la candidatura presidencial del oficialismo nacional que apostaba a la consagración de Nicolás Avellaneda. De permanecer el “mitrismo” en el Gobierno de Corrientes, conducido por Baibiene, ampliaba las chances de Bartolomé Mitre.

Resuelto ambos bandos a aceptar la batalla campal que habría de decidir los destinos políticos de la provincia de Corrientes y en gran medida los del país, el coronel Desiderio Sosa eligió cuidadosamente el terreno. El choque debía darse en las proximidades del río Paraná y allí alistó el grueso de sus fuerzas, que eran casi en su totalidad de caballería.

 Desde el 2 de marzo el coronel Valerio Insaurralde con su división se encontraba en la vanguardia del ejército revolucionario explorando la situación del enemigo. En tanto, otro revolucionario, el coronel Manuel Vallejos (a) “El Pájaro” ya se tiroteaba con las tropas de Santiago Baibiene que continuaba su avance hacia El Tabaco, donde llegó en el amanecer del 4 de marzo, ubicándose en las tierras altas que emergen del bañado vecino, en forma paralela a la formación revolucionaria. 
Junto a Baibiene pelearon el coronel Ciriaco Torres, y los sargentos mayores José Martínez, Antonio Llopart, Enrique Romero, Crisóstomo Quiroz y Plácido Martínez con el batallón Goya, el inimitable de Ñaembé, quien ocupaba el centro de la línea.

 Hacia la retaguardia, protegida por una isleta frondosa, la caballería a las órdenes de Aniceto Monzón, esperando las directivas del comando, con jefes como Luis B. Azula y Juan D. Torres.
La línea revolucionaria ofrecía el mismo aspecto de un comando inteligente. Formaba un centro la artillería a cargo del sargento mayor Manuel F. Rivarola, soldado santafesino muy hábil y colaboraban en los cañones el sargento mayor Daniel Artaza y el capitán Ventura Romero. En el ala izquierda las infanterías de Juan Guillermo Conti, del coronel Wenceslao Martínez, del sargento mayor José Mariano Ojeda, de Juan G. Berón, de Flores, Silva y de Romero, que contaban de reserva con las legiones de los coroneles Marcos Azcona, Juan Carlos Romero, Luciano Cáceres (hijo de Nicanor Cáceres) y Manuel Serapio Sánchez, con jefes como los Comandantes Hermenegildo Ocampo y Guillermo Conti.

 En la derecha, avanzando sobre la línea de batalla, estaban las caballerías de los coroneles Valerio Insaurralde y Manuel Vallejos, impacientes las primeras por to-mar el desquite de San Jerónimo, donde se había impuesto en las inmediaciones de Curuzú Cuatiá, el coronel Santiago Baibiene pocos días antes.

Los ejércitos se contemplaban. Aproximadamente 7.000 hombres se dividían casi en igual número de un lado y de otro. Unos y otros buscaban sacar partido de la situación topográfica, espera larga que llegó hasta cerca del mediodía. A esa hora el coronel Desiderio Sosa dio su orden y los cañones revolucionarios empezaron a batir la loma del Tabaco.

La situación de Baibiene fue haciéndose insostenible; chocaron la infantería de Baibiene con la caballería de Sosa y el combate fue general en todos los espacios.

La caballería de Baibiene fue sorprendida y se dispersó antes de atacar siendo lanceada por la espalda. Las cargas se suceden, es lucha de fusil contra lanza, el ímpetu de los potros no cede al tableteo de las descargas; vienen como el huracán. El coronel Daniel Artaza, quien será vicegobernador en 1893, tranquilo en medio del horror de los disparos, arenga a los soldados.
 El revolucionario coronel José Toledo, conocido en la historia como “Toledo el Bravo”, como un león, ruje e increpa. Wenceslao Martínez que es capturado por los baibienistas. Una batalla de enorme magnitud, digna de las más sobresalientes de nuestras luchas por la independencia y organización nacional.

Pero un suceso inesperado abrevia el cuadro. El coronel Baibiene, que avanzaba sobre la línea de fuego, se enfrenta coincidentemente con el coronel Valerio Insaurralde y su escolta. Es reconocido de inmediato el caudillo legalista y lanza en ristre. Insaurralde se adelanta al galope diciéndole: “Así te quería encontrar, Gringo”. Baibiene reacciona del estupor de la sorpresa, y todo su orgullo de militar y de varón estalla. Se ve indefenso y se arroja del caballo.

Y duro increpa: “Lancéeme, Coronel”. Insaurralde sofrena el potro, dócil a su mano de hierro y clavando la lanza en tierra grita: “Yo no asesino, me bato; ríndase coronel.” 

Baibiene se entrega y la noticia va corriendo en la línea. El coronel Sosa y sus ayudantes concurren al galope. Se saludan los jefes, y hay en la fisonomía serenidad en uno y en la del otro un enorme dolor. El cielo ha sumado a la lucha de los hombres sus elementos, un viento huracanado con fuerte lluvia. 
Si la revolución del doctor Justo resonó en el país, la victoria del Tabaco tuvo una relevancia enorme: la suerte presidencial de Avellaneda comenzaba un camino más exitoso. 

Es que Mitre con el gobierno de Justo o el triunfo de Baibiene, contaba con electores amigos para llegar a la Presidencia y su candidato a vicepresidente era nada más y nada menos, que un amigo de todos los sectores en pugna, el talentoso doctor Juan Eusebio Torrent. La victoria del Tabaco fue el golpe que concluyó con este nudo gordiano.

El doctor Agustín Pedro Justo, fue el que menos tiempo duró al frente de un gobierno en Corrientes, sólo 15 días (del 25 de diciembre de 1871 al 9 de enero de 1872).

En esta batalla fallecieron muchos ilustres correntinos, entre ellos, Vicente Gómez, padre de quien fuera gobernador de Corrientes, en 1901, Dr. José Rafael Gómez, y posteriormente vicegobernador integrando una fórmula de conciliación del Pacto en 1909, junto al doctor Juan Ramón Vidal.

Batalla del Tabaco -  Corrientes




Límites en pugna

Finalizada la criminal y trágica Guerra de la Triple Alianza (Argentina -  Brasil – Uruguay) contra el Paraguay, devendrían las intrigas entre los ganadores del enfrentamiento. Los brasileños y argentinos estaban en mejores condiciones que Uruguay para anexar territorios paraguayos a los propios, pro fueron los brasileños los que se llevaron gran parte. Sorprendieron a sus aliados desde un principio, dejando sus otras en ocupación de los centros más importantes, con el pretexto que estaban garantizando la reorganización de una especie de protectorado en país destrozado por la guerra. El Paraguay había visto diezmada su población de hombres, algunos historiadores hablan de que habían sobrevivido solo el veinticinco por ciento, contando a niños y ancianos. 
Cabe aclarar que antes de iniciarse la triste contienda entre países hermanos, se había firmado un Tratado Secreto entre los aliados, el que contenía clausulas vergonzantes, que hasta fijaban los límites de los territorios que se repartirían, como aquel “Art. 16  A fin de evitar discusiones y guerras que las cuestiones de límites envuelven, queda establecido que los aliados exigirán del gobierno del Paraguay que celebre tratados definitivos de límites con los respectivos gobiernos bajo las siguientes bases: La República Argentina quedará dividida de la República del Paraguay, por los ríos Paraná y Paraguay, hasta encontrar los límites del Imperio del Brasil, siendo éstos, en la ribera derecha del Río Paraguay, la Bahía Negra. El Imperio del Brasil quedará dividido de la República del Paraguay, en la parte del Paraná, por el primer río después del Salto de las Siete Caídas que, según el reciente mapa de Mouchez, es el Igurey, y desde la boca del Igurey y su curso superior hasta llegar a su nacimiento. En la parte de la ribera izquierda del Paraguay, por el Río Apa, desde su embocadura hasta su nacimiento. En el interior, desde la cumbre de la sierra de Mbaracayú, las vertientes del Este perteneciendo al Brasil y las del Oeste al Paraguay, y tirando líneas, tan rectas como se pueda, de dicha sierra al nacimiento del Apa y del Igurey”.
Así fue que finalizado el conflicto que se extendió por cinco años, el Paraguay terminaría perdiendo el cuarenta por ciento de su territorio.  A Paraguay, al término de la eliminación física, le llegó el saqueo financiero. En 1870 tuvo que contraer un empréstito con Londres por un millón de libras esterlinas, de los que no vio un centavo, pero pagó cada uno de ellos. Con respecto al ferrocarril nacional y las nacientes industrias, fueron destruidas algunas y otras intervenidas por compañías británicas. La producción agrícola fue puesta bajo control de empresarios brasileños y de sus fuerzas militares, financiadas por éstos y por los inversionistas británicos.
El art. 8.° del Tratado Secreto de la Triple Alianza establecía el respeto a la soberanía territorial paraguaya, lo cual no se cumplió pues el Imperio del Brasil, se adjudicó 63 325 km2, territorios comprendidos entre los ríos Apa y Blanco. La Argentina, a su vez, se apoderó de más de 95 000 km2, territorios que actualmente forman parte de las provincias de Formosa, Misiones y parte de Corrientes. Pimienta Bueno era un político brasileño sagaz y experimentado y uno de los tantos que se encargaron de las acciones diplomáticas comerciales con sus socios del saqueo. Entusiasmo a Mitre con la idea de anexar los territorios de Formosa y el de la Villa Occidental. Este territorio fue sin dudas la zanahoria que hizo caminar al burro hacia adelante. Los brasileños continuaban con sus ejércitos “protectores “para sostener los gobiernos liberales paraguayos. Pero en Brasil se desata una crisis financiera por el cierre del Banco Mauá, quebrado por la guerra. La riqueza brasileña se ve disminuida y se pierde el monopolio de los cafetales que no logran reponer la mano de obra diezmada en los esteros paraguayos. Se agitan los aires republicanos y abolicionistas en Brasil, y en el gabinete de ministros ya no está Río Branco sino Caxias, un buen militar. En Argentina, que tiene ya a Avellaneda de presidente, designa a Bernardo de Irigoyen en Relaciones Exteriores y este en cierta forma apuntala a la conducción paraguaya para lograr el retiro de las tropas brasileñas del territorio paraguayo. Claro que faltaba resolver la posesión de la Villa Occidental, para lo que acuerda se haga a través de un arbitraje de límites para el que acepta realizarlo el presidente de Estados Unidos de América Rutherford B. Hayes, quien entregó su fallo en 1878. En el mismo le reconoció el territorio en discusión al Paraguay. La legislatura resolvió denominar a ese territorio como Villa Hayes, en agradecimiento al norteamericano, nombre que ostenta hasta el día de hoy.
Las cuestiones de límites, para Paraguay, no habían terminado allí, ya que en 1933 se enfrentó con Bolivia en la conocida como Guerra del Chaco o Guerra del Petróleo por el control del Chaco Boreal, por un petróleo inexistente.  Dos empresas extranjeras: la Rochall Dusch (Shell), inglés holandés y la Standard Oil (Esso), norteamericana, utilizaron a dos pueblos hermanos, Paraguay y Bolivia, para sortear suerte sobre la posesión de un vasto territorio perteneciente a Paraguay, y donde se calculaba la existencia de petróleo

Laudo Hayes, Paraguay recupera territorio 
perdido a manos de Argentina



Telmo López – Guerrero del Paraguay

Ha tan intrincado el destino de quienes participaron a favor de las luchas por el federalismo
en esta región de América, que en muchas oportunidades se vieron envueltos en verdaderos
divagues de su propia existencia, y también marcados de por vida con responsabilidades que lejos estaban de haberlas tenido en los acontecimientos. Fue Artigas quien explicito muy bien la idea de que esta parte de América tenía la oportunidad de desarrollarse desde un racimo de estados autónomos formando una Patria Grande. El proyecto era tan grande y tan moderno, que hasta en nuestros días no ha sido posible instrumentarlo. Hubo regiones que casi desaparecieron en defensa de esas ideas, y digo regiones porque cuando las cuestiones de límites territoriales no se encontraban resueltas, las ideas y los ideales eran más importantes que las fronteras como hoy se conocen.
En América ocurrió una trágica guerra de naciones hermanas que significó cinco años de un
derramamiento de sangre que prácticamente redujo a su mínima expresión a la nación paraguaya, la que tuvo que enfrentarse a la alianza artera de argentinos, uruguayos y brasileños.
Hubo claras demostraciones de que en Argentina existieron importantes sectores federales, que no querían ser parte de aquella guerra contra un estado respetuoso del federalismo, y que incluso su presidente Francisco Solano López había sido participe en gestiones de paz para impedir la lucha de sectores en pugna de nuestra nación. Así quedó demostrado en los desbandes de las tropas entrerrianas producidos en los campamentos de Basualdo y de Toledo, que Justo José de Urquiza pretendía hacer participar de la guerra contra el Paraguay. Sobre estos hechos ya hemos comentado que el sentimiento del soldado entrerriano, muy resentido por la retirada de la batalla de Pavón de su jefe, sumado a la no intervención en ayuda a los orientales del General Leandro Gómez en la heroica defensa de Paysandú, que fuera el motivo armado para que se produjera el enfrentamiento con los paraguayos; había creado un rechazo absoluto entre estos federales contra el gobierno nacional de Mitre.
Un hecho particular, entre tantos, fue el que aconteció con el militar santafecino Telmo López, al que la historia oficial mitrista le puso el sello de traidor. Telmo había luchado toda su vida junto a su padre el Brigadier General Estanislao López y de su tío Juan Pablo “Mascarilla” López en defensa del federalismo, muchas veces con errores históricos a sus espaldas, pero convencidos de su lucha.
Ante el devenir de los acontecimientos del enfrentamiento con el Paraguay por parte de los
aliados, no dudó un momento y viajó al país hermano a ponerse al mando del General Francisco Solano López. Participó activamente en actos heroicos en la defensa del territorio paraguayo en varios de los combates y batallas que se fueron sucediendo, teniendo bajo su responsabilidad como comandante de un escuadrón de caballería a esos valientes que dejaban su vida por su suelo amado.
Con el paso de la guerra, comenzaron a aparecer las malas, las tropas paraguayas diezmadas y hambrientas, habían comenzado a ceder en cuanto al vigor demostrado en sus inicios, y el General Francisco Solano López comenzó ver a cada paso que era víctima de intrigas. Posiblemente en esos momentos de desesperación, el jefe comenzó a perder su eje y ordenó la detención de más de cuatrocientos de sus oficiales cuestionados, dentro de los que también había obispos, curas, civiles y hasta dos de sus hermanos. Los primeros días de los detenidos fueron terribles, debido a las condiciones de hacinamiento en que se encontraban, padeciendo hambre y sed. Alrededor de cuarenta de esos detenidos fueron condenados a muerte. Uno de ellos fue Telmo López, al que sus sueños federales lo llevaron a una muerte triste y sin aparente gloria. Nunca se supo dónde quedaron sus restos, posiblemente si la suerte final lo acompaño, en una fosa común o sus despojos habrá sido parte de las piras que se hacían de aquellos muertos anónimos caídos en el
extremo sacrificio.
A la luz de los hechos, podemos afirmar y desmintiendo a Mitre, que Telmo López no murió como un “traidor”, si no que su muerte reafirmó, sin dudas, la defensa de sus ideales hasta el supremo sacrificio, es decir que estamos ante la presencia histórica de un hombre valiente y heroico que no se traicionó ante su conciencia.



Las rebeliones de Sabá Z. Hernández

Sabá Zacarías Hernández había nacido en la ciudad de Diamante el 12 de Marzo de 1856. Un personaje político que participó activamente de la vida institucional de su provincia. En 1878 se recibe de abogado y puesto a trabajar se desempeñó como Agente Fiscal, Juez en lo Civil y Comercial de Paraná (1880), y ya en 1883 formó parte de la Convención Constituyente, autora de la Constitución de ese año. Continúa su labor en el gobierno provincial de Eduardo Racedo, ocupando las carteras de Ministro de Hacienda y luego la de Ministro General de gobierno (1886-1887). También desarrolló el mismo cargo en el gobierno de Clemente Basavilbaso, (1888-1889). Es Senador Nacional en el período 1889-1891. Llega a la Gobernación de la Provincia desde 1891 hasta 1895. En 1898 es electo Diputado Nacional por el Partido Autonomista Nacional (P.A.N.) Ese mismo año es el jefe de la revolución del 13 de Julio, con la intención de interferir las elecciones que enfrentaban  a dos facciones del P.A.N., en contraposición con la lista oficialista del Gobernador Salvador Maciá, a cuyo régimen acusaban de nepotismo por haber formado encabezando los tres poderes de  su gobierno con familiares directos, además de la representación en el Congreso Nacional. Numerosos hechos de corrupción llevaron incluso a la exoneración, mediante un juicio político, del Vice gobernador Francisco Gigena, porque molestaba internamente al gobernador Maciá. Hernández reunió fuerzas con el gigenismo, organizando la Coalición Popular. Así las cosas estalla la revolución, donde Hernández junto a los coroneles Enríquez y Armoa, dirige sus operaciones desde el Departamento Tala, en las cercanías de Gobernador Sola. En este pequeño poblado toman la policía y la estación del ferrocarril, y en la madrugada de ese día los revolucionarios atacan a la policía, pero son rechazados y además apresados Miguel Laurencena, Quirse Campdesuñe y Juan Cartas. Al mismo tiempo los revolucionarios toman Victoria sin ninguna resistencia por parte de las autoridades. El gobierno provincial, que había estado reparando la posibilidad de alguna insurrección había enviado al comandante Gregorio Tejada hacia Victoria, pero al anoticiarse de lo ocurrido en Sola, cambia las órdenes y envía las tropas hacia allí en tren, las que llegadas al lugar, dispersan a los rebeldes y detienen al comandante Plaza, a cargo de los rebeldes.- Vuelven las tropas a Victoria y juntamente a una comisión pacificadora formada por los abogados Zavalla, Tabossi y Comaleras, constatan que los revolucionarios se han desalojado del pueblo. Por otra parte el comandante Juan Hermelo de Villaguay se había desplazado con una formación de caballería hacia el departamento Tala, dónde en El Obispo, el día 15 toma prisionero a Hernández, a Enríquez y a Armoa.- El gobierno de Salvador Maciá, ya con el triunfo asegurado de los oficialistas Echagüe y Parera Denis, decide el día 16, decretar la amnistía de Hernández y de todos los jefes detenidos.-
Llega 1990, el gobernador de Entre Ríos es Leónidas Echagüe, y es una continuación clara del régimen oligárquico de Maciá, y en poco tiempo vuelve otra vez a las andadas, poniendo a la oposición otra vez reaccionaria a ese tipo de políticas. Tras una protesta producida por la aplicación de una Ley de Patentes verdaderamente confiscatoria, se genera el caldo de cultivo de una nueva revuelta, esta vez con la idea de producir una intervención nacional. Las corrientes políticas adversas al oficialismo como la Coalición Popular y la Unión Cívica Radical, que han aumentado considerablemente el número de sus afiliados, acuerdan que no queda otro camino que el de una revolución armada. El levantamiento tiene como jefe a Sabá Z. Hernández.- El 15 de Marzo, en horas del mediodía, estalla la revuelta en distintos puntos de la provincia. El gobierno estaba alertado de que se iba a producir, ya que a las nueve de la mañana se había enterado por un chasque del comisario Altamirano, de María Grande, que su compadre Don Felipe Plaza, con algunas copas de más, le había dicho la tarde antes: “Ni revolución que le vamos a hacer al gobierno, mañana con Sabá Z.” Los telégrafos se pusieron al rojo alertando a los poblados de las intenciones revolucionarias. Hernández que esta vez estaba en su estancia de “Las Delicias”, parte hacia Crespo, lugar elegido para instalar su Junta de Gobierno. El Paraná campaña una tropa comandada por Santiago Arteaga, toma el destacamento de policía de Villa Urquiza y se apodera de 120 fusiles Remington. Desde allí se dirige a La Picada. Allí ya se había producido un tiroteo dónde el comisario Roa logró rechazar a los rebeldes.- Éstos en su paso por El Espinillo toman la comisaría, oportunidad en que fallece un revolucionario, el comisario y su esposa, éstos últimos al defender la posición. En Villaguay se producen bajas, cuatro policías y dos revolucionarios mueren y los rebeldes son rechazados por el coronel Hermelo, que luego se dirige hacia Rosario Tala, para más tarde desviarse hacia Nogoyá y Victoria.
En Rosario Tala al mando de los comandantes Luis Pérez Colman y Sixto Vela, los revolucionarios, después de  tomar la Jefatura de Policía, levantan varias defensas y logran emplazar en la más importante un cañoncito de broce de avancarga. Venidos de Paysandú, otro grupo se une con rebeldes locales en Colón se tirotean con la Jefatura de Policía y son rechazados, pero logran refugiarse en Paysandú. Desde el Palacio San José se organiza un contingente de jinetes a las órdenes de los hermanos Cipriano y Juan José de Urquiza, y se mantienen allí a la espera de órdenes de sus superiores. La revolución en ese primer día hacía despertar esperanzas entre los rebeldes, ya que les habían sido bastante favorable las acciones iniciadas, pero desde el gobierno provincial ya se había hecho una convocatoria a las fuerzas nacionales y el general Sócrates Anaya es quien queda la frente de la Guardia Nacional. En tanto, en Crespo se encuentran los distintos contingentes de revolucionarios que han llegado de los departamentos vecinos. En este cuartel rebelde van llegando prisioneros, ente ellos el Ministro de Gobierno Comaleras y varios legisladores provinciales, y también desde allí logran incomunicar a Paraná de las demás cabecera departamentales cortando las líneas telegráficas, ferroviarias y telefónicas.
Sabá Z. Hernández en la mañana del 18, forma encabezando una topa de unos 800 paisanos de caballería, de vincha blanca y caballos de tiro, muchos de ellos con las mismas lanzas que se levantaron junto a Ricardo López Jordán, y que reviviendo aquellos tiempos gloriosos siguen al nuevo caudillo y se dirigen a Nogoyá, allí recorriendo los suburbios se hacen de numerosas armas y se dirigen hacia Victoria como el próximo objetivo a ser tomado. Ya llegando hacia la ciudad de las Siete Colinas, las fuerzas suman unos 2000 hombres, que han venido sumando desde los distintos pagos aledaños. Nogoyaceros y Victorienses, otra vez juntos como en aquellos desbandes de Basualdo y de Toledo, se suman a ellos jinetes Diamantinos, esta vez bordean el poblado de Victoria en ruidosa tropa llena de coraje y de relinchos. Ese 19 llueve por la mañana, pero a pesar de ello se da la orden de tomar la ciudad. Victoria cuenta en su defensa con 400 hombres al mando de jefe de policía Gualberto Basaldúa y del por entonces diputado Manuel Leiva. En los combates por la toma de la Jefatura de Policía hubo alrededor de 30 heridos y siete muertos, se produjeron cortes de las vías del ferrocarril y de las líneas telegráficas. Intensos combates de fusilería se producen en el Tiro Federal con muertos y heridos. La tropa rebelde va tomando los distintos puntos de la defensa y es el prisionero Ministro Comaleras quien les pide a los defensores rendirse. Alrededor de las 21 se rinde la defensa, y el gobierno provincial previendo un desastre en pérdidas de vidas, es que solicita la intervención de tropas nacionales con la idea que ante el poder de fuego los rebeldes depusieran su posición. Para reprimir la insurrección el gobierno nacional dispone que el general Lorenzo Vintter reprima a los sediciosos y restablezca el orden público. Se movilizan así las fuerzas del 8 de Infantería de Capital Federal, el 10 de Infantería de Rosario, el 11 de Caballería del Chaco y la escuadrilla Naval del Río Uruguay con las torpederas King, Pinedo, y Centella, sumadas al crucero Patria a cargo del Mayor Naval Monetta. A estas fuerzas se suman las fuerzas federales con asiento en la provincia. Dos cañones Krupp de una sección de artillería se suman a 1200 hombres que al mando del general Anaya son destacados a Crespo. Allí se concentran las fuerzas de Hermelo y de Moreira, que han llegado de Villaguay y Rosario Tala, y se dirigen y concentran en Ramírez. Ya el día 21, al amanecer llegan a Victoria y se inician los primeros combates, dónde el comandante Tejeda es rechazado por los rebeldes. Un grupo de vecinos intenta mediar entre los enfrentados, pero la propuesta es rechazada por Anaya.
Vintter, que el día 21 ya estaba instalado en Paraná, en horas de la noche logra ponerse en comunicación telegráfica con Sabá Z. Hernández, quien acepta las disposiciones del gobierno nacional, siempre y cuando no afecten su dignidad y la de su tropa. El jefe nacional pide suspender toda hostilidad que se evite de dispersar la tropa, lo mismo le solicita a Anaya.
Finalizadas las acciones en Victoria, queda como saldo un total de 18 muertos y alrededor de 42 heridos, sumando ambos bandos. Tropas al mando de los nacionales a cargo del coronel Serna, logra hacer deponer sus armas a los hermanos Urquiza en San José, reponiendo en su cargo al comisario de Caseros. Desde allí, una Guardia Nacional comandada por el Gadea viaja en tren a Rosario Tala, y allí logra que el comandante rebelde Pérez Colman deponga su actitud y licencie a su tropa.
El día 22, Vintter se dirige a Victoria, dónde quedan en libertad el Ministro Comaleras y los demás detenidos que mantenían los revolucionarios. Las tropas rebeldes son desarmadas y se los envía a sus departamentos, mientras que Hernández y sus jefes superiores son enviados al mediodía en tren a Paraná detenidos.
Como Hernández había aceptado la intervención nacional, el gobernador Echagüe dicta un decreto dónde establece la amnistía “por el delito político a todos los que se han alzado con armas contra el gobierno de la provincia”. Es así que todos los rebeldes recuperan la libertad y se da por terminado el levantamiento. La intervención nacional a la Provincia de Entre Ríos continuó hasta el 9 de junio, siendo levantada por el gobierno nacional. Se había sofocado la última revolución de la provincia rebelde.
El último alzamiento en armas se produjo 32 años más tarde, coincidiendo con el año en que fallece Sabá Z. Hernández en Buenos Aires, pero el sentido de aquel, fue en defensa de la democracia, a cargo de los Hermanos Kennedy, en La Paz, pero eso ya es materia de otra historia…




El Combate de San Lorenzo

El 3 de febrero de 1813 se produce la única batalla contra los españoles, que San Martín comandó en sus luchas independentistas. Por esos tiempos, el puerto de Montevideo al mando de los realistas, sufría el sitio impuesto por las tropas de Artigas y de Rondeau, el que les producía un desabastecimiento de alimentos que hacía fundamental conseguirlos en un territorio por fuera del sitio. Patrullas de embarcaciones pululaban costeando el Rio de la Plata y subiendo por los gajos del Paraná. Su búsqueda principal era ganado vacuno, que por entonces lo había en estado salvaje. La poca monta de los navíos utilizados, hacía que los animales que se conseguían se faenaran y se salara la carne para poder conservarla. Estas navegaciones de cuatreros marinos habían estado siendo observadas por los espías que San Martín había colocado sobre las costas, más que nada en las cercanías del precario puerto instalado en las barrancas de San Lorenzo. Era un sitio ya utilizado por los españoles, ya que facilitaba a los barcos atracar hasta la barranca y poder así cargar con facilidad el fruto del robo de carne. Los pequeños barcos tenían una pequeña tropa de custodia que los acompañaba. San Martín con su regimiento de granaderos, eligió el Convento de San Carlos Borromeo, emplazado en ese sitio para concentrarse en la espera de la llegada de los españoles y montevideanos, que andaban por la zona. Habiendo desembarcado los españoles, avanzaban descuidados hacia el convento, posiblemente en busca de agua o algunas aves que se sabían criar en esos conventos. El un ataque de pinzas, dos formaciones de caballería, aparecieron por cada lado del convento. El ala izquierda comandada por San Martín ataco resuelta a aprovechar la sorpresa y no dejarlos a formar en cuadro a los realistas, por lo que la carga fue oblicua y al frente de la formación enemiga. Esta responde al ataque con disparos de fusiles y de un pequeño cañoncito, el que con mucha eficacia impacta sobre el caballo del jefe patriota, el que queda apretado por su flete. Entre el revuelo de gritos y alaridos, el soldado correntino Cabral se baja de su caballo y ayuda al general a reincorporarse, pero una bayoneta española se le incrusta en la espalda, el soldado puntano Baigorria, con su lanza completa la defensa del jefe, amatando al matador de su compañero. El combate duró quince minutos hasta la última atropellada que persiguió el desbande. El capitán Hipólito Bouchard persiguió al soldado bandera español, y pasándolo a mejor vida, le arrebató la bandera para la gloria de su histórico regimiento. El soldado Cabral es ascendido post mortem a sargento. Los españoles sufrieron cuarenta bajas, mientras que las fuerzas patriotas tuvieron quince. A San Martín le restaba organizar su hazaña mayor, el cruce de los Andes, en su famoso campamento de El Plumerillo en Cuyo, para independizar a Chile y seguir con su obra en Perú.

Carga de Granaderos a Caballo









Apuntes sobre las Guerras Charrúas

Pobladores de ambas costas del Río Uruguay, los indios charrúas tuvieron una intensa participación guerrera desde fines del siglo XVII hasta la mitad del siglo XVIII en el territorio que hoy constituye nuestra provincia de Entre Ríos. A principio de la conquista española, los chanaes, habitantes de del occidente entrerriano, no habían resultado demasiados incomodos para los conquistadores, quienes los dominaron fácilmente y fueron utilizado para el sistema de encomiendas. Los más rebeldes, iniciaron una emigración hacia el Chaco santafecino y desde allí hostilizaban a Santa Fe por el norte, pero no a esta banda del Paraná. Así fue que la población en estancias, no resultó demasiado difícil para los españoles, por lo que se desarrolló un notable crecimiento del ganado cimarrón. La abundancia de carne atrajo a las tribus charrúas, quienes, para el primer cuarto del siglo XVII, habían ocupado casi todo el territorio entrerriano, menos las costas del Paraná, dónde dominaban los santafecinos.
Los charrúas fueron un claro vector de freno a la avanzada española en la colonización de estos territorios, como lo confirman los ataques victoriosos de los hombres del cacique Zalpicán a las tropas de Ortiz de Zárate en 1574, obligando incluso a la despoblación de la ciudad de Zaratina.
Así, los charrúas se adueñan del ganado cimarrón y asolan las estancias, asaltan los carruajes y carretas, y controlan sin descanso las rastrilladas o caminos, y hasta trenzan alianza con tribus chaqueñas para asolar Santa Fe. Cuando parecía que se pudiera contener las hostilidades charrúas, se produjeron acciones guerreras de extrema dureza, por parte de los españoles, lo que hizo atenuar su lucha por su territorio y su libertad. En el año 1624, fue el gobernador Céspedes quien realizó una expedición que aplicó rudos procedimientos, los que hicieron que se mantuviera un tiempo de sosiego en los enfrentamientos.
En 1632, Hernandarias y Cabrera ingresaron al territorio entrerriano, consiguiendo concertar una paz con las tribus del cacique Yasú, todo en las cercanías de la Baxada, dónde se consiguió una convivencia no conocida hasta entonces. Sin embargo, los charrúas del interior del territorio, principalmente centro y norte, permanecieron hostiles y rebeldes, contribuyendo con enfrentamiento permanentes contra los ejércitos de las Misiones Jesuíticas, que asolaban el territorio con el propósito de robar ganado vacuno.
Los españoles se debieron mantener en las costas del Paraná, sin poder desarrollar sus actividades en el resto del territorio. Una expedición del gobernador Cabrera y del capitán Ruiz de Ocaña en 1643, finalizó con la muerte de este último, y ante la dura derrota sufrida se vieron obligados a acordar con los charrúas, a los que debieron entregarle armas, caballos y vinos. Aprovechando una invasión del territorio santafecino de indios chaqueños, los charrúas incrementan sus ataques y saqueos a las estancias entrerrianas. La Baxada (Paraná) se ve obligada a suspender sus fiestas patronales y pedir urgente ayuda de armas, municiones y tropas a Buenos Aires, desde dónde envían al capitán Martínez de la Rosa, quien impuso su fuerza y logró contener momentáneamente los ataques indios. Incluso en 1680 los charrúas participaron en ayuda de Vera y Mujica en la expulsión de los portugueses de La Colonia.
Con quienes fueron enemigos tradicionales e irreductibles fue con las Misiones Jesuíticas, enemigos de los guaraníes y contrarios acérrimos de la evangelización. Los odios eran recíprocos y a principios de la expansión que intentaban las tropas religiosas por el norte de sus territorios, debido a que Yapeyú es la residencia del Padre Superior de la Orden, a principios del siglo XVIII, se produjeron hechos bélicos de extrema crueldad, combates muy violentos en una guerra desatada de extrema crueldad entre las partes. En 1701, indios misioneros de La Cruz, mataron alevosamente a ocho indios charrúas que habían concurrido a negociar un acuerdo. Esto provocó un levantamiento charrúa de grandes dimensiones, logrando derrotar un ejército jesuita de alrededor de mil hombres, ingresaron a Yapeyú, profanaron sus templos y obtuvieron gran cantidad de ganado vacuno y caballar. Estas acciones provocaron la reacción de Buenos Aires, quien, enviando un contingente de tropas, apoyando a los jesuitas, atacaron a los charrúas y después de varios días de dura batalla, lograron doblegarlos en la margen izquierda del Yí. Allí acordaron una paz que duró poco, porque los traidores guaraníes jesuitas los masacraron. Repiten este accionar con otros charrúas, en cercanía del actual territorio correntino, en un paraje llamado Muchas Islas, dónde exterminan a los hombres y se llevan cautivas a las mujeres y niños. Estas conductas de los ejércitos jesuitas, provocaron una reacción charrúa en la que unieron sus fuerzas entrerrianas, correntinas y uruguayas, siendo encabezadas por el cacique Caravy. Comienza un periodo de extrema dureza, moderado por la inacción de los santafecinos, que privilegiaban sus acuerdos con los charrúas, antes que intervenir en acciones en su contra. Las Misiones Jesuíticas, consiguieron el permiso de Buenos Aires de conformar un fuerte ejército para invadir territorio entrerriano, a pesar del desacuerdo de los santafecinos. La tropa a cargo del Maestre de Campo Piedrabuena y del cura Rufo como capellán estaba integrada por mil quinientos hombres. En 1715 comenzaron a recorrer desde Yapeyú hasta Gualeguaychú. Con asombro observaron cómo los charrúas entraban y salían de las estancias de los santafecinos sin ningún problema, lo que justificaba sus buenas relaciones. En un encontronazo con un grupo aislado de charrúas, resulta muerto el cacique Caravy y su estado mayor. Los charrúas utilizaron la estrategia de dejarlos ingresar hasta lo más profundo del territorio, aprovechar su cansancio y hostigarlos a más no poder, lo que produjo el retroceso y la derrota de la tropa religiosa.
El cacique Juan Yasú, en paz con los santafesinos, expone en un escrito en idioma guaraní, ante el cabildo santafesino sobre las andanzas del ejercito jesuita y sus crímenes, solicitando protección ya que a través de casi ochenta años han estado en buenas relaciones y hasta les ha brindado servicios en reiteradas ocasiones. El cabildo lo autoriza a refugiarse en un área segura e intenta realizar gestiones con los enviados de Buenos Aires, aunque sin mucho éxito. Ante esto la efervescencia charrúa aumenta considerablemente, ahora no solo con las Misiones, sino que también contra Santa Fe. En 1716, el cabildo santafecino destaca al sargento mayor Caraballo y luego al teniente de gobernador Burúa, para establecer el orden, pero estos fracasan en sus intentos. Los charrúas de la costa del Paraná, por motus propio se tranquilizan y aumentan su población, alrededor de la Baxada dónde se va estructurando un rancherío, el que por su importancia pasa a la categoría de curato. 
Una invasión de indios payaguases, en 1725 y más tarde, en 1732, de indios abipones, provenientes del norte santafesino, asolaron las costas del Paraná desde el arroyo Feliciano hasta la Baxada. Esto hizo que con ayuda de los charrúas se construyera un fuerte para resistir las invasiones.
Las buenas relaciones de los españoles-santafecinos con los charrúas paranaenses se habían estabilizado, no así los que respondían al cacique Campusano, instalados en las nacientes del rio Gualeguay, hoy Federal, dónde mantenían sus enfrentamientos en defensa del ganado cimarrón que les era robado por las Misiones de Yapeyú. Esto hace que desde Yapeyú envíen al mayor Nicolás González, quien al frente de ciento cincuenta hombres, bien pertrechados, logran destituir al cacique Campusano y poner en su reemplazo al cacique Don Cristóbal. Retirado las tropas jesuitas, Campusano recupera el mando y continua hostil. Desde Yapeyú, en 1738, se envía una nueva expedición con la orden de detener a los jefes, exterminar los guerreros y mutilarles un miembro a los menos peligrosos. Sin embargo, se produce otro fracaso y los charrúas continúan más hostiles que antes. El cabildo santafesino intentaba de todas formas alcanzar acuerdo con los rebeldes, instando a los charrúas que le respondían a que ayudaran a la pacificación. A tres leguas de la Baxada, en la población del Maestre de Campo Joseph Márquez Montiel se realiza un encuentro con la población charrúa rebelde, estableciéndose una paz condicionada.
En 1749, debido a las continuas quejas de las Misiones con asentamiento en Yapeyú, el gobernador de Buenos Aires, Adonaegui ordena hacerles una guerra de exterminio en un ataque conjunto desde Montevideo, Soriano, Misiones correntinas y Santa Fe, con la intención de reducir a prisión perpetua a los que se entregaran pacíficamente y pasando a degüello a los hostiles. Desde Santa Fe avanzo el gobernador Vera y Mujica, quien entre 1759 y 1769 los enfrentó en diversos combates, dando muerte a doscientos setenta y tres guerreros y tomando prisioneros a trescientos treinta y nueve, los que son conducidos a la reducción emplazada en Cayastá, dónde a lo largo de los años se extinguieron por el abandono y la miseria.
En 1751, el propio Vera y Mujica exterminó los pocos charrúas que habían quedado sobre las costas entrerrianas del Uruguay, dando muerte a ocho hombres y cinco mujeres, además de tomar cincuenta y tres prisioneros de ambos sexos, repartiéndolos entre su tropa para ser utilizados por diez años como personal de servidumbre. Este fue el triste final de esta raza de valientes guerreros, que nos dejaron su impronta de rebeldía y de coraje en el territorio entrerriano, al que defendieron hasta el sacrificio supremo.




Nuestros dolores patrios

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