Fue allá por 1994, cuando por nuestro Entre Ríos circulaba la revista cultural “El Aguará”. Junto a Guido Marengo y Miguel Ezeiza, puntales de la revista, decidimos cruzar el río padre, hacia Santa Fe, para hacerle una visita al artista plástico Don Juan Arancio, en su atelier, que estaba ubicado en la calle Juan de Garay, y en cuyo frente marcaba el sitio un hermoso sauce costero. Don Juan, un hombre de un enorme corazón y de una gran humildad, nos recibió con unos hermosos mates amargos, en su lugar de trabajo. Conversábamos como si nos conociéramos de toda la vida, mientras sus manos manejaban con gran maestría sus pinceles y sus pinturas. Estaba muy entusiasmado realizando una serie de cuadros de caballos isleros entre la acostumbrada bruma mañanera de las islas. Su taller estaba cubierto de sus trabajos por todas partes, y cada obra tenía una historia en especial, cada una era un hijo de su arte e imaginación inagotable. Apelando a su memoria, le conté que había conseguido dos originales en tinta de sus dibujos, que incluso conservaban los bocetos en lápiz debajo, sus trabajos son de indios y conquistadores, y recordaba claramente su temática a pesar que los había hecho por 1970. Nos contó de sus encuentros con Fermín Chávez en tiempos que publicaban la historieta de “El Chumbiau” sobre las andanzas de Gerónimo Romero, un capitán jordanista. Nos contó de sus trabajos para Editorial Frontera, para la Editorial de García Ferré, para Editorial Columba, para Fleetway Editions, Editorial Scorpio y otros tantos editores europeos, para Walt Disney. Su humildad hacía que se sintiera como avergonzado de tanto recorrido artístico. El respeto en la realización de sus obras quedó claramente reflejado cuando sentenciosamente nos dijo que una pintura transciende en su vida a la de su autor, y que, ante este hecho, el legado que quedaba en ella debía tener la fuerza de hacer docencia ante quienes la pudieran conocer. Que un pintor no podía y no debía mentir en lo más mínimo en lo que pintara, principalmente cuando se plasmaban situaciones históricas. Algo puntual le había sucedido cuando le habían encargado una pintura para la legislatura santafecina sobre la fundación de Santa Fe La Vieja (Cayastá). El imaginó a Juan de Garay, llegado del Paraguay, realizando la fundación aquel 15 de noviembre de 1573, como se estilaba en aquellos tiempos, se daba lectura a un acta de fundación y se plantaba un rollizo de madera dura, llamado “El rollo de la Justicia”, sobre el que el fundador por medio de su espada imponía el nombre al sitio. Hasta allí tenía todo dispuesto y en su imaginación de artista ya veía cómo iba a quedar su trabajo. Fue allí que lo asaltó la duda que hizo demorar la terminación de su pintura, y esta fue que empuñadura tendría la espada de Juan de Garay. Las opciones eran si tenía la empuñadura en cruz o si tenía una empuñadura con guarnición con defensa para la mano que la empuñara. Para Don Juan era una responsabilidad demasiado grande el legado de su pintura y fue así que anduvo casi cinco años en la investigación sobre aquella verdad. Los datos que recibía eran confusos, ya que algunos de sus amigos españoles consultados no podían asegurarle nada, más teniendo en cuenta que posiblemente las armas disponibles en Paraguay habían sido traídas en fecha incierta. Hasta que al fin un dibujante amigo español le mando de obsequio un hermoso libro sobre espadas españolas de todos los tiempos, con hermosas fotografías, el que nos mostró orgulloso ese ejempla. Allí pues, estaban expresados los periodos en que se habían utilizado aquellas espadas. Hacía 1570 se habían usado las dos espadas de la duda de Don Juan, y por lo tanto en su pintura optó por el modelo más antiguo para aquellos años. Fue así que el artista, no solo pudo terminar su obra, sino que pudo dormir tranquilo, además de dejarnos una enseñanza imprescindible para todos los que tenemos algún berretín de transmitir hechos de la historia. Don Juan Arancio partió hace muy poco hacia la tierra sin mal, nos ha dejado una obra imprescindible y valiosa de conocimientos, transmitidos con ese respeto de un artista admirable.
jueves, 6 de agosto de 2020
Dos veces muerto
Batalla del Sauce y sus daños colaterales
El 20 de mayo de 1870 se libró la Batalla del Sauce entre las tropas entrerrianas comandadas por el gobernador Ricardo Ramón López Jordán y las tropas nacionales que en forma irregular había enviado el presidente Sarmiento para controlar lo que él llamó la rebelión. López Jordán había sido impuesto por la Legislatura Provincial para que dispusiera la defensa del territorio provincial. Avanzado los hechos se produce el primer enfrentamiento importante de los contendientes en cercanías de Lucas González, a la vera del Arroyo El Sauce. Según el historiador que mencione los sucesos la ubicación varía desde el Arroyo Nogoyá hasta las nacientes del Obispo. Cabe destacar que por entonces nuestro pago mantenía su viejo nombre de Puntas del Obispo. Las tropas jordanistas en número cercano a los 14.000 hombres se habían desplazado desde lo que hoy es el Distrito Chiqueros y habían tomado posición desde el Arroyo Sauce al sur, mientras que al norte del mismo se dispuso la formación del ejército nacional al mando del General Emilio Conesa, al que se le habían sumado algunos escuadrones provinciales que respondían a los caudillos urquicistas como el Coronel Taborda de Rosario Tala, Coronel Navarro de Nogoyá, General Galarza quien ordenaba sobre el Coronel Gamarra de Villaguay, Coronel Gutiérrez de Victoria entre otros. Las acciones que después de horas de combate dejan en el campo de batalla entre 150 y 200 hombres muertos y las tropas se dispersan dejando la sensación de que no había una resolución clara para uno u otro bando. Como es lógico, el parte de guerra escrito por el secretario de Conesa, M. Goyena del mando del ejército nacional se adjudicó el triunfo, el que de ninguna forma pudo ser sostenido con hechos concretos. Entre los hombres destacados que lucharon junto a su jefe López Jordán se destacaron: Eloy Fernández, Robustiano Vera, Juan Luis González, Benicio González, Aplinario Almada, Carmelo Campos, Pedro Seguí, Lino Texera, Eustaquio Leiva, Nicomedes Coronel, Mariano Querencio, Romualdo Hermelo, Mateo Sola, Segundo Gianello, Francisco Fernández, Francisco Arigós, Cruz País, José Morán, entre otros. Algunos historiadores han ubicado entre los hombres que participaron de la batalla de El Sauce a José Hernández, pero carece este dato de veracidad, ya que el autor del “Martín Fierro” en esos días se encontraba en Buenos Aires y recién se integró a las tropas jordanistas el 7 de octubre de ese año. El general Conesa, finalizado el enfrentamiento, ubico su campamento en Puntas del Obispo, desde dónde el día 22 solicitó al general Gainza el ascenso de todos los jefes y oficiales de su fuerza, además de solicitarle en forma urgente más armas y municiones. Mientras tanto López Jordán comenzó su desplazamiento hacia el Paraná, el día 26 de mayo sus tropas acamparon en cercanías de Nogoyá, para seguir su marcha hacia Don Cristóbal. Como dato de color a esta campaña militar por nuestros pagos, es de destacar que las tropas nacionales en sus desplazamientos causaron una serie de daños y perjuicios entre las propiedades de muchos vecinos, los que iniciaron reclamos judiciales. Hasta el cura Generoso Santilli, al que se lo sindicaba como “blanco” (jordanista), resulto herido de arma blanca en pleno acto religioso. Don Basilio Albornoz, le dio un poder a don Vicente Requena, para reclamar al gobierno nacional, una indemnización por los daños que había sufrido a manos de las tropas de Conesa, un día antes de la Batalla del Sauce, en sus campos ubicados al norte del campo de batalla. Don José Correa inicio un reclamo por los daños producidos por el ejército de Conesa en sus propiedades de Las Tunas, Distrito Crucesitas. Don Pedro Solari también inició acciones judiciales por los daños sufridos en su campo de pastoreo al Norte del Arroyo Sauce. Desde el distrito Sauce también hacen lo propio los propietarios doña Rosa Suárez y don Miguel Godoy. Desde distrito Montoya alzaron sus reclamos los vecinos Geraldo García y Benigno Aliendro. Las depredaciones se siguieron sucediendo en distintos lugares de la zona tales como el arreo de ganado vacuno y lanar, rotura de instalaciones, mal trato con el personal de los establecimientos. Los atentados contra la integridad física de los vecinos estaban al día. El padre Santilli apuntó en sus registros del Libro IV de Defunciones: ”En estos meses no puede garantirse la integridad del número de las defunciones habidas a causa de los avances cometidos por los Gefes pertenecientes al Ejército de la Nación. Santilli”
Batalla del Tabaco – Guerra entre correntinos.
Sucedió el 4 de marzo de 1872, en el departamento de Empedrado y registra la histórica política provincial como la Batalla del Tabaco al choque armado donde hasta parientes de uno y otro lado se cruzaron con lanzas, revólveres y carabinas, dándose muerte en defensa de sus preferencias por la futura Presidencia de la Nación.
Era lo que estaba en juego. No sólo diferencias locales se dirimían sino también del resultado de este combate podía variar la futura composición del Colegio Electoral, que elegiría al presidente que sucedería a Domingo Faustino Sarmiento.
Fue esta una de las batallas más violentas que registra la historia política de Corrientes y se libró entre sectores del Partido Liberal y grupos “federales” que habían constituido el “fusionismo” en la provincia. Los “federales” se pasaron a llamar autonomistas en Corrientes recién cinco años más tarde.
El gobierno de Corrientes era ejercido por el liberal Agustín Pedro Justo, padre de quien fuera Presidente de la Nación, con el mismo nombre, en 1932. El gobernador Justo, nacido en Goya, fue prácticamente impuesto en el cargo por su predecesor y compoblano coronel Santiago Baibiene, quien al terminar su gestión de gobierno sumaba la gloria de haber comandado el triunfo en la Batalla de Ñaembé y tenía en sus manos todo el poder político.
Un sector del liberalismo dirigido por el prestigioso Coronel Desiderio Sosa encabezó un levantamiento, sumando a su fracción al grupo de “federales” que más tarde se denominarán “autonomistas” y que, entre todos ellos, representaban al “Fusionismo”, una vertiente que en el orden nacional la elaboraban los ministros de Sarmiento: Adolfo Alsina y Nicolás Avellaneda.
El 5 de enero, desde Cururú Cuatiá, inició la revolución el coronel Valerio Insaurralde y se sumaron Raymundo Fernández Reguera, Marcos Azcona, Manuel Vallejos, Serapio Sánchez y otros tantos oficiales de prestigio. Las circunstancias hicieron que el gobernador Justo renunciara el 9 de enero y fuese reemplazado por un Triunvirato.
El gobernador Justo pidió a Sarmiento la Intervención Federal, pero éste no accedió, ya que la posibilidad de que el grupo revolucionario se alzara con el gobierno, favorecía los planes de la candidatura presidencial del oficialismo nacional que apostaba a la consagración de Nicolás Avellaneda. De permanecer el “mitrismo” en el Gobierno de Corrientes, conducido por Baibiene, ampliaba las chances de Bartolomé Mitre.
Resuelto ambos bandos a aceptar la batalla campal que habría de decidir los destinos políticos de la provincia de Corrientes y en gran medida los del país, el coronel Desiderio Sosa eligió cuidadosamente el terreno. El choque debía darse en las proximidades del río Paraná y allí alistó el grueso de sus fuerzas, que eran casi en su totalidad de caballería.
Desde el 2 de marzo el coronel Valerio Insaurralde con su división se encontraba en la vanguardia del ejército revolucionario explorando la situación del enemigo. En tanto, otro revolucionario, el coronel Manuel Vallejos (a) “El Pájaro” ya se tiroteaba con las tropas de Santiago Baibiene que continuaba su avance hacia El Tabaco, donde llegó en el amanecer del 4 de marzo, ubicándose en las tierras altas que emergen del bañado vecino, en forma paralela a la formación revolucionaria.
Junto a Baibiene pelearon el coronel Ciriaco Torres, y los sargentos mayores José Martínez, Antonio Llopart, Enrique Romero, Crisóstomo Quiroz y Plácido Martínez con el batallón Goya, el inimitable de Ñaembé, quien ocupaba el centro de la línea.
Hacia la retaguardia, protegida por una isleta frondosa, la caballería a las órdenes de Aniceto Monzón, esperando las directivas del comando, con jefes como Luis B. Azula y Juan D. Torres.
La línea revolucionaria ofrecía el mismo aspecto de un comando inteligente. Formaba un centro la artillería a cargo del sargento mayor Manuel F. Rivarola, soldado santafesino muy hábil y colaboraban en los cañones el sargento mayor Daniel Artaza y el capitán Ventura Romero. En el ala izquierda las infanterías de Juan Guillermo Conti, del coronel Wenceslao Martínez, del sargento mayor José Mariano Ojeda, de Juan G. Berón, de Flores, Silva y de Romero, que contaban de reserva con las legiones de los coroneles Marcos Azcona, Juan Carlos Romero, Luciano Cáceres (hijo de Nicanor Cáceres) y Manuel Serapio Sánchez, con jefes como los Comandantes Hermenegildo Ocampo y Guillermo Conti.
En la derecha, avanzando sobre la línea de batalla, estaban las caballerías de los coroneles Valerio Insaurralde y Manuel Vallejos, impacientes las primeras por to-mar el desquite de San Jerónimo, donde se había impuesto en las inmediaciones de Curuzú Cuatiá, el coronel Santiago Baibiene pocos días antes.
Los ejércitos se contemplaban. Aproximadamente 7.000 hombres se dividían casi en igual número de un lado y de otro. Unos y otros buscaban sacar partido de la situación topográfica, espera larga que llegó hasta cerca del mediodía. A esa hora el coronel Desiderio Sosa dio su orden y los cañones revolucionarios empezaron a batir la loma del Tabaco.
La situación de Baibiene fue haciéndose insostenible; chocaron la infantería de Baibiene con la caballería de Sosa y el combate fue general en todos los espacios.
La caballería de Baibiene fue sorprendida y se dispersó antes de atacar siendo lanceada por la espalda. Las cargas se suceden, es lucha de fusil contra lanza, el ímpetu de los potros no cede al tableteo de las descargas; vienen como el huracán. El coronel Daniel Artaza, quien será vicegobernador en 1893, tranquilo en medio del horror de los disparos, arenga a los soldados.
El revolucionario coronel José Toledo, conocido en la historia como “Toledo el Bravo”, como un león, ruje e increpa. Wenceslao Martínez que es capturado por los baibienistas. Una batalla de enorme magnitud, digna de las más sobresalientes de nuestras luchas por la independencia y organización nacional.
Pero un suceso inesperado abrevia el cuadro. El coronel Baibiene, que avanzaba sobre la línea de fuego, se enfrenta coincidentemente con el coronel Valerio Insaurralde y su escolta. Es reconocido de inmediato el caudillo legalista y lanza en ristre. Insaurralde se adelanta al galope diciéndole: “Así te quería encontrar, Gringo”. Baibiene reacciona del estupor de la sorpresa, y todo su orgullo de militar y de varón estalla. Se ve indefenso y se arroja del caballo.
Y duro increpa: “Lancéeme, Coronel”. Insaurralde sofrena el potro, dócil a su mano de hierro y clavando la lanza en tierra grita: “Yo no asesino, me bato; ríndase coronel.”
Baibiene se entrega y la noticia va corriendo en la línea. El coronel Sosa y sus ayudantes concurren al galope. Se saludan los jefes, y hay en la fisonomía serenidad en uno y en la del otro un enorme dolor. El cielo ha sumado a la lucha de los hombres sus elementos, un viento huracanado con fuerte lluvia.
Si la revolución del doctor Justo resonó en el país, la victoria del Tabaco tuvo una relevancia enorme: la suerte presidencial de Avellaneda comenzaba un camino más exitoso.
Es que Mitre con el gobierno de Justo o el triunfo de Baibiene, contaba con electores amigos para llegar a la Presidencia y su candidato a vicepresidente era nada más y nada menos, que un amigo de todos los sectores en pugna, el talentoso doctor Juan Eusebio Torrent. La victoria del Tabaco fue el golpe que concluyó con este nudo gordiano.
El doctor Agustín Pedro Justo, fue el que menos tiempo duró al frente de un gobierno en Corrientes, sólo 15 días (del 25 de diciembre de 1871 al 9 de enero de 1872).
En esta batalla fallecieron muchos ilustres correntinos, entre ellos, Vicente Gómez, padre de quien fuera gobernador de Corrientes, en 1901, Dr. José Rafael Gómez, y posteriormente vicegobernador integrando una fórmula de conciliación del Pacto en 1909, junto al doctor Juan Ramón Vidal.
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