jueves, 6 de agosto de 2020

Una anécdota de Don Juan Arancio

Fue allá por 1994, cuando por nuestro Entre Ríos circulaba la revista cultural “El Aguará”. Junto a Guido Marengo y Miguel Ezeiza, puntales de la revista, decidimos cruzar el río padre, hacia Santa Fe, para hacerle una visita al artista plástico Don Juan Arancio, en su atelier, que estaba ubicado en la calle Juan de Garay, y en cuyo frente marcaba el sitio un hermoso sauce costero. Don Juan, un hombre de un enorme corazón y de una gran humildad, nos recibió con unos hermosos mates amargos, en su lugar de trabajo. Conversábamos como si nos conociéramos de toda la vida, mientras sus manos manejaban con gran maestría sus pinceles y sus pinturas. Estaba muy entusiasmado realizando una serie de cuadros de caballos isleros entre la acostumbrada bruma mañanera de las islas. Su taller estaba cubierto de sus trabajos por todas partes, y cada obra tenía una historia en especial, cada una era un hijo de su arte e imaginación inagotable. Apelando a su memoria, le conté que había conseguido dos originales en tinta de sus dibujos, que incluso conservaban los bocetos en lápiz debajo, sus trabajos son de indios y conquistadores, y recordaba claramente su temática a pesar que los había hecho por 1970. Nos contó de sus encuentros con Fermín Chávez en tiempos que publicaban la historieta de “El Chumbiau” sobre las andanzas de Gerónimo Romero, un capitán jordanista. Nos contó de sus trabajos para Editorial Frontera, para la Editorial de García Ferré, para Editorial Columba, para Fleetway Editions, Editorial Scorpio y otros tantos editores europeos, para Walt Disney. Su humildad hacía que se sintiera como avergonzado de tanto recorrido artístico. El respeto en la realización de sus obras quedó claramente reflejado cuando sentenciosamente nos dijo que una pintura transciende en su vida a la de su autor, y que, ante este hecho, el legado que quedaba en ella debía tener la fuerza de hacer docencia ante quienes la pudieran conocer. Que un pintor no podía y no debía mentir en lo más mínimo en lo que pintara, principalmente cuando se plasmaban situaciones históricas. Algo puntual le había sucedido cuando le habían encargado una pintura para la legislatura santafecina sobre la fundación de Santa Fe La Vieja (Cayastá). El imaginó a Juan de Garay, llegado del Paraguay, realizando la fundación aquel 15 de noviembre de 1573, como se estilaba en aquellos tiempos, se daba lectura a un acta de fundación y se plantaba un rollizo de madera dura, llamado “El rollo de la Justicia”, sobre el que el fundador por medio de su espada imponía el nombre al sitio. Hasta allí tenía todo dispuesto y en su imaginación de artista ya veía cómo iba a quedar su trabajo. Fue allí que lo asaltó la duda que hizo demorar la terminación de su pintura, y esta fue que empuñadura tendría la espada de Juan de Garay. Las opciones eran si tenía la empuñadura en cruz o si tenía una empuñadura con guarnición con defensa para la mano que la empuñara. Para Don Juan era una responsabilidad demasiado grande el legado de su pintura y fue así que anduvo casi cinco años en la investigación sobre aquella verdad. Los datos que recibía eran confusos, ya que algunos de sus amigos españoles consultados no podían asegurarle nada, más teniendo en cuenta que posiblemente las armas disponibles en Paraguay habían sido traídas en fecha incierta. Hasta que al fin un dibujante amigo español le mando de obsequio un hermoso libro sobre espadas españolas de todos los tiempos, con hermosas fotografías, el que nos mostró orgulloso ese ejempla. Allí pues, estaban expresados los periodos en que se habían utilizado aquellas espadas. Hacía 1570 se habían usado las dos espadas de la duda de Don Juan, y por lo tanto en su pintura optó por el modelo más antiguo para aquellos años. Fue así que el artista, no solo pudo terminar su obra, sino que pudo dormir tranquilo, además de dejarnos una enseñanza imprescindible para todos los que tenemos algún berretín de transmitir hechos de la historia. Don Juan Arancio partió hace muy poco hacia la tierra sin mal, nos ha dejado una obra imprescindible y valiosa de conocimientos, transmitidos con ese respeto de un artista admirable.

Juan Arancio


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