sábado, 14 de noviembre de 2020

Gregorio Pomar y la Revolución de 1931

 La vida democrática de nuestro país no había sufrido interrupciones por un largo período, pero en 1930 se abrió la puerta de la triste década infame. El segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen sufría el primer golpe de estado de la era moderna, aquel 6 de setiembre en que se interrumpió el orden democrático constitucional, para dar paso al gobierno de facto de José Félix Uriburu, quien encabezara el golpe de estado.

El golpe militar de 1930 que derrocó al presidente Hipólito Irigoyen determinó que la Unión Cívica Radical volviese al estado conspirativo que había mantenido desde sus orígenes hasta la ley Sáenz Peña de 1912. Tanto en Buenos Aires como en las provincias -todas intervenidas-, el Ejército y la Policía mantenían atenta vigilancia sobre los dirigentes de aquel partido. En distintos puntos del país se produces conatos de resistencia, en los que en su mayoría concluyen con los jefes de los mismos encarcelados, corriendo la misma suerte que el propio Yrigoyen, quien fue detenido y confinado en la isla Martín García. En Entre Ríos sucedieron algunos hechos de importancia, que fueron cayendo en el olvido, pero que es bueno traer a la memoria y al conocimiento de las generaciones más jóvenes.

El presidente Yrigoyen mantuvo hasta su caída, como su fiel edecán militar, al Teniente Coronel Gregorio Pomar, quien permaneció atento a los movimientos que se fueron produciendo. En abril de 1931, Uriburu llama a elecciones para gobernador de la provincia de Buenos Aires, sin calcular que el radicalismo iba a obtener un resonante triunfo sobre los conservadores. La reacción del presidente de facto fue la de anular las elecciones. Es a partir de este momento que Pomar junto a otros militares constitucionalistas deciden actuar en procura del restablecimiento de las instituciones republicanas.

El 20 de julio de 1931 el Tte. Cnel. Gregorio Pomar, en lo que se llamó la Revolución de 1931, subleva el Regimiento 9 de Infantería con asiento en la Ciudad de Corrientes, depone al interventor federal Dr. Atilio Dell'Oro Maini, así como a las autoridades del Territorio del Chaco. Pomar se presenta ante quien era el jefe del regimiento Cnel. Lino H. Montiel, solicitándole la entrega del Regimiento, a quien, a pesar de haber coincidido en las ideas políticas, se niega a plegarse a la insurrección para permanecer leal al gobierno de facto. Se enfrentan los dos militares, sacando sus armas y Pomar hiere de muerte a Montiel. Es de destacar que Lino Montiel fue el padre Sergio Alberto Montiel, el que contaba con cuatro años, por entonces y al que la vida lo llevó a ser gobernador de Entre Ríos por dos períodos constitucionales. Con el apoyo de parte de la población civil, Gregorio Pomar domina la situación durante dos días. Luego las fuerzas gubernamentales sofocan el intento. Abandona la ciudad de Corrientes junto al regimiento insurrecto y civiles que lo acompañan e ingresa a Paraguay donde se entrega a las autoridades, siendo detenido por pedido del gobierno argentino.

Una versión de los hechos ocurridos en el regimiento correntino, de boca de un testigo presencial, relata que el que efectuó el disparo que mató a Montiel fue un edecán de Pomar, que participaba del encuentro, al ver amenazado a su jefe por el arma del jefe del regimiento. Pero Gregorio Pomar se responsabilizó del incidente por ser un hombre de honor y responsabilidad. Posiblemente nunca se sepa lo que pasó entre esas cuatro paredes.

La Revolución de 1931 se frustró porque algunos declinaron participar a último momento, por inconvenientes en las comunicaciones entre los regimientos que debían sublevarse y porque la rebelión de Pomar no tenía las fuerzas o el poder de fuego suficiente para resistir los ataques del gobierno de Uriburu.

 Como consecuencia del intento revolucionario en Corrientes recrudeció la represión y la persecución política. Ordenan la detención de los socialistas Repetto, Bravo, Dickman, Ghioldi y Alfredo Palacios; y los radicales Pueyrredón, Güemes, Rojas, Guido y Mosca, quienes fueron conducidos a la cárcel de Ushuaia. A Marcelo T. de Alvear lo desterraron a Montevideo. Gregorio Pomar estuvo exiliado de Argentina durante casi una década.

Teniente Coronel Gregorio Pomar


lunes, 12 de octubre de 2020

Andrade - San Justo. El pueblo que no fue.

Desde mediados del siglo XIX, una fuerte instalación de estancias de capitales ingleses, se produjo en nuestro país. El estado ingles impulso la compra de tierras en argentina, a través de importantes líneas de créditos, a bajo interés que favorecían a capitales que se asociaban en empresas, que estaban dedicadas en su gran mayoría a la ganadería bovina y ovina, según aconsejaba la región a instalarse. Las empresas se dedicaban a la compra y arriendos de tierras. Las estrategias de negocios inglesas, que siempre se hacen a largo plazo, además de los negocios con la ganadería, que cerraban con la instalación de frigoríficos cárnicos, también estaban a la espera del desarrollo ferroviario, dónde también tenían a sus empresas participando en la construcción de las vías y en la provisión de trenes. Las compras de tierras se hacían en las zonas que se verían beneficiadas con el paso de las vías férreas, elevando el valor de las mismas en gran forma, por lo que, dentro de esta visión, convenía el desarrollo de pequeños poblados, alrededor de las nuevas estaciones de tren que se construirían. Nuestra provincia de Entre Ríos estuvo en la mira de los capitales ingleses, por ser una provincia ganadera por antonomasia, que, además, estaba en una etapa de desarrollo ferroviario y que tenía importantes extensiones de tierras sin ningún tipo de explotación.

A principios del siglo XX, se había instalado entre el arroyo Obispo y el arroyo Clé, una compañía inglesa llamada “Argentine Eastern Land Company Limited”, empresa que fue registrada en 1910 para operar en Entre Ríos. Logro comprar y arrendar una extensión tres mil hectáreas, cuya estancia se conoció con el nombre de “San Justo”.  Por entonces, el ferrocarril, que se había inaugurado en 1887, comunicaba la ciudad de Paraná con la de Concepción del Uruguay, y sus vías pasaban por los campos de esta compañía inglesa. Los socios de la compañía, lo eran en gran parte socios de la empresa “The Entre Ríos Railway Company Limited”

Siguiendo con la estrategia de negocios de las tierras que se habían valorizado enormemente, la empresa tomó como centro la estación “Olegario Víctor Andrade” del ferrocarril Gral. Urquiza, para realizar un proyecto de loteo de treinta y siete manzanas con sus respectivos terrenos, al que denominaron “Pueblo San Justo”. Mediante la Ley 2376, en su Artículo 11, se aprueba con fecha 14/05/1912, el primer trazado oficial de loteo, que fuera presentado ante la Dirección de Geodesia, hoy Dirección de Catastro Provincial. Posteriormente se realiza una derogación por medio de la Ley 2559, el 09/12/1915, por una reducción de la superficie del proyecto original, y se aprueba mediante Ley 2570, del mismo año, el trazado original. En esta última etapa, el gobierno provincial recibe en carácter de donación al estado provincial, de la superficie trazada.

En el plano de los loteos se había previsto que en la Manzana 17, se ubicara la escuela, que fue la única que ocupó el lugar destinado para ello, y que actualmente funciona, la Escuela N°6 “Mariano Moreno”. También se contaba con la Manzana 18 para la ubicación de la Plaza del pueblo, y con media Manzana 19 para la ubicación de la Comisaría. En la Manzana 37 se había decidido ubicar el Cementerio, sitio al que hasta hace poco lo marcaba una cruz de madera a los que los paisanos llamaban la cruz “Salva tu Alma”. 

De la presencia de los ingleses, quedaron en el pago algunas construcciones, algunas se están perdiendo por el paso del tiempo, pero otras se conservan, como la Casa de Alto en inmediaciones del paraje “Chaco Chico”, que fuera el casco de la estancia; el conocido “Almacén Razetto” en Andrade, edificio que fuera concebido como hotel y que estaba frente a la estación del ferrocarril;  las instalaciones de “La Experimental”, y algunas construcciones en lo que ahora se conoce como la “Estancia de Grimaux”.

En 1914, en Europa estallaba la Primera Guerra Mundial, lo que limitó sensiblemente el apoyo económico que recibían las compañías inglesas, cortándose los intercambios comerciales y los negocios. Esto hizo que los capitales ingleses en estas compañías, decidieran deshacerse de sus emprendimientos a manos de capitales autóctonos. Este fue el caso de la “Argentine Eastern Land Company Limited”, sus operaciones se pierden en 1915. Habían obtenido importantes créditos del Banco Nacional Hipotecario, y este accionó judicialmente para lograr el cobro de sus acreencias. En la tradición oral del pago se contaba que los ingleses se habían vuelto a su patria a pelear en la guerra y que, por ello, habían abandonado sus pertenencias. En realidad, la administración e siguió realizando desde las instalaciones de “La Experimental” a través de un inglés de apellido Mac Dougall, conjuntamente con otro inglés, de apellido Simpson que comenzó arrendando algunos lotes, para luego seguir como coadministrador. La mayor superficie de campo se arrendó a la Empresa Mongay, de capitales chaqueños, que se dedicaba a trabajos de desmonte y siembra. La administración la llevó adelante un contador de apellido Canova, y se desarrolló una importante demanda de mano de obra en la zona, para la limpieza de las parcelas que se dedicarían a la agricultura.

El Banco Nacional Hipotecario puso en venta varias veces a los campos de la ex sociedad inglesa, los que, divididos en treinta y siete parcelas, fueron siendo adquiridos por distintos propietarios a valores muy bajos y a intereses ínfimos. Una importante superficie compuesta por las parcelas 7, 8, 12, 13, 14 y 15 fueron comprados por un Sr. Faure, quien no duro más de dos años como propietario, vendiendo sus seiscientas hectáreas a favor de un griego de apellido Stchalidys, quien tuvo como administradores a los señores José Boiseren y luego Manuel Grimaux Mernes. Posteriormente estos campos fueron adquiridos por el Ing. Oscar Grimaux.

Las instalaciones de la estación “La Experimental” se convirtió en un centro de reproducción forestal y de producción de semillas, entre las que se destacó el Trigo Sola, una variedad de muy buena adaptabilidad para la zona. Estas instalaciones pasaron luego al manejo de Ferrocarriles Argentinos, quienes arrendaron sus trescientas hectáreas al Sr. José Regmann, quien explotó por muchos años el establecimiento, hasta lograr comprarlo.

Para 1935 el Banco Nacional Hipotecario había vendido el total de las superficies que oportunamente había confiscado, pasando los campos a propietarios que poblaron esas parcelas con sus familias. Así fue que poblaron el lugar los Lombi, Rau, Rothar, Schenfeld, Martínez, Buffa, Savoine, Dalibón, Rostán, Curtoni, Alasino, Rodríguez, Marsilli, entre otros.

Los campos que habían sido loteados, pasaron a ser campos fiscales, menos uno que había sido adquirido por la familia Lombi.  Hacia 1960 se había nucleado muchas familias en el pago, la mayoría trabajadores rurales con numerosos gurises que concurrían a la escuela. La primera estocada para el fin del pueblito de Andrade fue el paso de la ruta 131, hoy ruta 12, a más de quince kilómetros, perdiendo el tránsito de la antigua ruta 131 de tierra, por dónde pasaba todo el movimiento vehicular, e incluso el paso de colectivos de larga distancia. Poco a poco las familias se fueron yendo, y más aún cuando se cerró la estación de trenes y posteriormente se cerró también el servicio de trenes. Prácticamente ya no quedan habitantes, salvo dos o tres familias que resisten al ostracismo. Actualmente, aquellas parcelas, que no alcanzaron el sueño de ser habitadas, se utilizan como campos de pastoreo.

Un caso notable sucedió para 2014, cuando la escuela “Mariano Moreno”, cumplió los cien años de existencia. Convocados por la maestra y un pequeño grupo de ex alumnos, se dieron cita, desde todos los puntos posibles, más de seiscientos ex alumnos, que volvieron al pago viejo a vivir con emoción la fiesta de la escuela que los cobijara de niños en aquellos patios llenos de recuerdos felices.  



Plano de Pueblo San Justo



jueves, 6 de agosto de 2020

Una anécdota de Don Juan Arancio

Fue allá por 1994, cuando por nuestro Entre Ríos circulaba la revista cultural “El Aguará”. Junto a Guido Marengo y Miguel Ezeiza, puntales de la revista, decidimos cruzar el río padre, hacia Santa Fe, para hacerle una visita al artista plástico Don Juan Arancio, en su atelier, que estaba ubicado en la calle Juan de Garay, y en cuyo frente marcaba el sitio un hermoso sauce costero. Don Juan, un hombre de un enorme corazón y de una gran humildad, nos recibió con unos hermosos mates amargos, en su lugar de trabajo. Conversábamos como si nos conociéramos de toda la vida, mientras sus manos manejaban con gran maestría sus pinceles y sus pinturas. Estaba muy entusiasmado realizando una serie de cuadros de caballos isleros entre la acostumbrada bruma mañanera de las islas. Su taller estaba cubierto de sus trabajos por todas partes, y cada obra tenía una historia en especial, cada una era un hijo de su arte e imaginación inagotable. Apelando a su memoria, le conté que había conseguido dos originales en tinta de sus dibujos, que incluso conservaban los bocetos en lápiz debajo, sus trabajos son de indios y conquistadores, y recordaba claramente su temática a pesar que los había hecho por 1970. Nos contó de sus encuentros con Fermín Chávez en tiempos que publicaban la historieta de “El Chumbiau” sobre las andanzas de Gerónimo Romero, un capitán jordanista. Nos contó de sus trabajos para Editorial Frontera, para la Editorial de García Ferré, para Editorial Columba, para Fleetway Editions, Editorial Scorpio y otros tantos editores europeos, para Walt Disney. Su humildad hacía que se sintiera como avergonzado de tanto recorrido artístico. El respeto en la realización de sus obras quedó claramente reflejado cuando sentenciosamente nos dijo que una pintura transciende en su vida a la de su autor, y que, ante este hecho, el legado que quedaba en ella debía tener la fuerza de hacer docencia ante quienes la pudieran conocer. Que un pintor no podía y no debía mentir en lo más mínimo en lo que pintara, principalmente cuando se plasmaban situaciones históricas. Algo puntual le había sucedido cuando le habían encargado una pintura para la legislatura santafecina sobre la fundación de Santa Fe La Vieja (Cayastá). El imaginó a Juan de Garay, llegado del Paraguay, realizando la fundación aquel 15 de noviembre de 1573, como se estilaba en aquellos tiempos, se daba lectura a un acta de fundación y se plantaba un rollizo de madera dura, llamado “El rollo de la Justicia”, sobre el que el fundador por medio de su espada imponía el nombre al sitio. Hasta allí tenía todo dispuesto y en su imaginación de artista ya veía cómo iba a quedar su trabajo. Fue allí que lo asaltó la duda que hizo demorar la terminación de su pintura, y esta fue que empuñadura tendría la espada de Juan de Garay. Las opciones eran si tenía la empuñadura en cruz o si tenía una empuñadura con guarnición con defensa para la mano que la empuñara. Para Don Juan era una responsabilidad demasiado grande el legado de su pintura y fue así que anduvo casi cinco años en la investigación sobre aquella verdad. Los datos que recibía eran confusos, ya que algunos de sus amigos españoles consultados no podían asegurarle nada, más teniendo en cuenta que posiblemente las armas disponibles en Paraguay habían sido traídas en fecha incierta. Hasta que al fin un dibujante amigo español le mando de obsequio un hermoso libro sobre espadas españolas de todos los tiempos, con hermosas fotografías, el que nos mostró orgulloso ese ejempla. Allí pues, estaban expresados los periodos en que se habían utilizado aquellas espadas. Hacía 1570 se habían usado las dos espadas de la duda de Don Juan, y por lo tanto en su pintura optó por el modelo más antiguo para aquellos años. Fue así que el artista, no solo pudo terminar su obra, sino que pudo dormir tranquilo, además de dejarnos una enseñanza imprescindible para todos los que tenemos algún berretín de transmitir hechos de la historia. Don Juan Arancio partió hace muy poco hacia la tierra sin mal, nos ha dejado una obra imprescindible y valiosa de conocimientos, transmitidos con ese respeto de un artista admirable.

Juan Arancio


Dos veces muerto

Y podemos decir que, a partir de 1850, Concordia empieza a hacer historia en Entre Ríos y en el país, con hechos que trascienden la importancia local. En efecto, Antonio P. Castro, primer cronista histórico de Concordia, documenta que ese año se levanta el primer monumento a Urquiza en Concordia, y, por lo tanto, éste es el primer pueblo de la República que glorificó en mármol al futuro vencedor de Rosas. En sus Crónicas Históricas, el mencionado autor relata que el 9 de agosto era el santo de Urquiza y, como era costumbre entonces, todo el pueblo celebraba la fecha con festejos populares que alcanzaban contornos extraordinarios. En 1850 quiso hacerse algo mejor de lo que se venía realizando hasta entonces. Se nombró, con tal fin, una comisión de vecinos para que se ocupara de este asunto, que estuvo integrada por Estanislao Panelo, Anacleto Tirigall, Mauricio Dunsford, José M. Pelliza, Juan P. Barceló y Juan P. Penco. Los nombrados tuvieron la idea de levantar una pirámide “en el centro de la Plaza Mayor de esta villa, cuya duración debía ceñirse puramente a los tres días de festividad que preparaban”. Sin embargo, el entusiasmo popular superó los cálculos y las donaciones fueron extraordinarias. Surgió entonces la iniciativa de que la enunciada pirámide —que originariamente sería construida de cartón, madera y lienzo— “fuese erigida (...) con toda solidez y perfección”. Además, llevaría la siguiente leyenda en uno de sus lados: “A Urquiza - El pueblo de La Concordia –Agradecido - 9 de agosto de 1850”, con lo que se constituía en un verdadero homenaje a don Justo José. Solicitada la autorización pertinente, fue concedida.
La construcción que se levantó entonces ya no fue una pirámide sino una columna. En su cúspide fue emplazado un busto de Urquiza, todo lo cual se terminó en 1851. El mencionado busto, que se trajo de Concepción del Uruguay, era de mármol, y se mantuvo en el lugar de su emplazamiento hasta 1871, o sea un año después de la trágica muerte de Urquiza. Justamente el 11 de abril, primer aniversario de su muerte, “una tormenta terrible se desencadenó sobre Concordia, y un rayo vino a caer sobre el busto de Urquiza, destruyéndolo y dando con la cabeza al suelo —relata Castro— partida en pedazos, mutilando totalmente la obra que los hombres erigieran, yendo a parar, la masa de mármol deteriorado a la cárcel pública, donde durante largos años sirviera para picar la carne de los recluidos, con evidente olvido del respeto debido a los restos marmóreos del gran entrerriano”.
Cabe agregar que cuando fue demolida la columna, lo que ocurrió el 28 de diciembre de 1906, se encontraron dos tubos de plomo. Uno de ellos guardaba los antecedentes de la erección de la pirámide, en 1850. El otro, un rollo de papeles casi totalmente destruidos, pero en los que se advertía la siguiente inscripción: “Viva la Confederación Argentina, Mueran los Enemigos de la Organización Nacional”, y una fecha: “mayo 24 de 1851”, que Castro considera como la fecha de construcción de la columna y que vendría a concordar con la leyenda, puesto que el pronunciamiento de Urquiza se había realizado el 1º de mayo. En esto se basa el cronista local para manifestar que la columna de la plaza de Concordia fue el primer monumento a Urquiza en el país.

Urquiza



Batalla del Sauce y sus daños colaterales

El 20 de mayo de 1870 se libró la Batalla del Sauce entre las tropas entrerrianas comandadas por el gobernador Ricardo Ramón López Jordán y las tropas nacionales que en forma irregular había enviado el presidente Sarmiento para controlar lo que él llamó la rebelión. López Jordán había sido impuesto por la Legislatura Provincial para que dispusiera la defensa del territorio provincial. Avanzado los hechos se produce el primer enfrentamiento importante de los contendientes en cercanías de Lucas González, a la vera del Arroyo El Sauce. Según el historiador que mencione los sucesos la ubicación varía desde el Arroyo Nogoyá hasta las nacientes del Obispo. Cabe destacar que por entonces nuestro pago mantenía su viejo nombre de Puntas del Obispo. Las tropas jordanistas en número cercano a los 14.000 hombres se habían desplazado desde lo que hoy es el Distrito Chiqueros y habían tomado posición desde el Arroyo Sauce al sur, mientras que al norte del mismo se dispuso la formación del ejército nacional al mando del General Emilio Conesa, al que se le habían sumado algunos escuadrones provinciales que respondían a los caudillos urquicistas como el Coronel Taborda de Rosario Tala, Coronel Navarro de Nogoyá, General Galarza quien ordenaba sobre el Coronel  Gamarra de Villaguay, Coronel Gutiérrez de Victoria entre otros. Las acciones que después de horas de combate dejan en el campo de batalla entre 150 y 200 hombres muertos y las tropas se dispersan dejando la sensación de que no había una resolución clara para uno u otro bando. Como es lógico, el parte de guerra escrito por el secretario de Conesa, M. Goyena del mando del ejército nacional se adjudicó el triunfo, el que de ninguna forma pudo ser sostenido con hechos concretos. Entre los hombres destacados que lucharon junto a su jefe López Jordán se destacaron: Eloy Fernández, Robustiano Vera, Juan Luis González, Benicio González, Aplinario Almada, Carmelo Campos, Pedro Seguí, Lino Texera, Eustaquio Leiva, Nicomedes Coronel, Mariano Querencio, Romualdo Hermelo, Mateo Sola, Segundo Gianello, Francisco Fernández, Francisco Arigós, Cruz País, José Morán, entre otros. Algunos historiadores han ubicado entre los hombres que participaron de la batalla de El Sauce a José Hernández, pero carece este dato de veracidad, ya que el autor del “Martín Fierro” en esos días se encontraba en Buenos Aires y recién se integró a las tropas jordanistas el 7 de octubre de ese año. El general Conesa, finalizado el enfrentamiento, ubico su campamento en Puntas del Obispo, desde dónde el día 22 solicitó al general Gainza el ascenso de todos los jefes y oficiales de su fuerza, además de solicitarle en forma urgente más armas y municiones. Mientras tanto López Jordán comenzó su desplazamiento hacia el Paraná, el día 26 de mayo sus tropas acamparon en cercanías de Nogoyá, para seguir su marcha hacia Don Cristóbal.  Como dato de color a esta campaña militar por nuestros pagos, es de destacar que las tropas nacionales en sus desplazamientos causaron una serie de daños y perjuicios entre las propiedades de muchos vecinos, los que iniciaron reclamos judiciales. Hasta el cura Generoso Santilli, al que se lo sindicaba como “blanco” (jordanista), resulto herido de arma blanca en pleno acto religioso. Don Basilio Albornoz, le dio un poder a don Vicente Requena, para reclamar al gobierno nacional, una indemnización por los daños que había sufrido a manos de las tropas de Conesa, un día antes de la Batalla del Sauce, en sus campos ubicados al norte del campo de batalla. Don José Correa inicio un reclamo por los daños producidos por el ejército de Conesa en sus propiedades de Las Tunas, Distrito Crucesitas. Don Pedro Solari también inició acciones judiciales por los daños sufridos en su campo de pastoreo al Norte del Arroyo Sauce. Desde el distrito Sauce también hacen lo propio los propietarios doña Rosa Suárez y don Miguel Godoy. Desde distrito Montoya alzaron sus reclamos los vecinos Geraldo García y Benigno Aliendro. Las depredaciones se siguieron sucediendo en distintos lugares de la zona tales como el arreo de ganado vacuno y lanar, rotura de instalaciones, mal trato con el personal de los establecimientos. Los atentados contra la integridad física de los vecinos estaban al día. El padre Santilli apuntó en sus registros del Libro IV de Defunciones: ”En estos meses no puede garantirse la integridad del número de las defunciones habidas a causa de los avances cometidos por los Gefes pertenecientes al Ejército de la Nación. Santilli”




Batalla del Tabaco – Guerra entre correntinos.


Sucedió el 4 de marzo de 1872, en el departamento de Empedrado y registra la histórica política provincial como la Batalla del Tabaco al choque armado donde hasta parientes de uno y otro lado se cruzaron con lanzas, revólveres y carabinas, dándose muerte en defensa de sus preferencias por la futura Presidencia de la Nación.

Era lo que estaba en juego. No sólo diferencias locales se dirimían sino también del resultado de este combate podía variar la futura composición del Colegio Electoral, que elegiría al presidente que sucedería a Domingo Faustino Sarmiento. 

 Fue esta una de las batallas más violentas que registra la historia política de Corrientes y se libró entre sectores del Partido Liberal y grupos “federales” que habían constituido el “fusionismo” en la provincia. Los “federales” se pasaron a llamar autonomistas en Corrientes recién cinco años más tarde.
El gobierno de Corrientes era ejercido por el liberal Agustín Pedro Justo, padre de quien fuera Presidente de la Nación, con el mismo nombre, en 1932. El gobernador Justo, nacido en Goya, fue prácticamente impuesto en el cargo por su predecesor y compoblano coronel Santiago Baibiene, quien al terminar su gestión de gobierno sumaba la gloria de haber comandado el triunfo en la Batalla de Ñaembé y tenía en sus manos todo el poder político.

Un sector del liberalismo dirigido por el prestigioso Coronel Desiderio Sosa encabezó un levantamiento, sumando a su fracción al grupo de “federales” que más tarde se denominarán “autonomistas” y que, entre todos ellos, representaban al “Fusionismo”, una vertiente que en el orden nacional la elaboraban los ministros de Sarmiento: Adolfo Alsina y Nicolás Avellaneda.
El 5 de enero, desde Cururú Cuatiá, inició la revolución el coronel Valerio Insaurralde y se sumaron Raymundo Fernández Reguera, Marcos Azcona, Manuel Vallejos, Serapio Sánchez y otros tantos oficiales de prestigio. Las circunstancias hicieron que el gobernador Justo renunciara el 9 de enero y fuese reemplazado por un Triunvirato.

 El gobernador Justo pidió a Sarmiento la Intervención Federal, pero éste no accedió, ya que la posibilidad de que el grupo revolucionario se alzara con el gobierno, favorecía los planes de la candidatura presidencial del oficialismo nacional que apostaba a la consagración de Nicolás Avellaneda. De permanecer el “mitrismo” en el Gobierno de Corrientes, conducido por Baibiene, ampliaba las chances de Bartolomé Mitre.

Resuelto ambos bandos a aceptar la batalla campal que habría de decidir los destinos políticos de la provincia de Corrientes y en gran medida los del país, el coronel Desiderio Sosa eligió cuidadosamente el terreno. El choque debía darse en las proximidades del río Paraná y allí alistó el grueso de sus fuerzas, que eran casi en su totalidad de caballería.

 Desde el 2 de marzo el coronel Valerio Insaurralde con su división se encontraba en la vanguardia del ejército revolucionario explorando la situación del enemigo. En tanto, otro revolucionario, el coronel Manuel Vallejos (a) “El Pájaro” ya se tiroteaba con las tropas de Santiago Baibiene que continuaba su avance hacia El Tabaco, donde llegó en el amanecer del 4 de marzo, ubicándose en las tierras altas que emergen del bañado vecino, en forma paralela a la formación revolucionaria. 
Junto a Baibiene pelearon el coronel Ciriaco Torres, y los sargentos mayores José Martínez, Antonio Llopart, Enrique Romero, Crisóstomo Quiroz y Plácido Martínez con el batallón Goya, el inimitable de Ñaembé, quien ocupaba el centro de la línea.

 Hacia la retaguardia, protegida por una isleta frondosa, la caballería a las órdenes de Aniceto Monzón, esperando las directivas del comando, con jefes como Luis B. Azula y Juan D. Torres.
La línea revolucionaria ofrecía el mismo aspecto de un comando inteligente. Formaba un centro la artillería a cargo del sargento mayor Manuel F. Rivarola, soldado santafesino muy hábil y colaboraban en los cañones el sargento mayor Daniel Artaza y el capitán Ventura Romero. En el ala izquierda las infanterías de Juan Guillermo Conti, del coronel Wenceslao Martínez, del sargento mayor José Mariano Ojeda, de Juan G. Berón, de Flores, Silva y de Romero, que contaban de reserva con las legiones de los coroneles Marcos Azcona, Juan Carlos Romero, Luciano Cáceres (hijo de Nicanor Cáceres) y Manuel Serapio Sánchez, con jefes como los Comandantes Hermenegildo Ocampo y Guillermo Conti.

 En la derecha, avanzando sobre la línea de batalla, estaban las caballerías de los coroneles Valerio Insaurralde y Manuel Vallejos, impacientes las primeras por to-mar el desquite de San Jerónimo, donde se había impuesto en las inmediaciones de Curuzú Cuatiá, el coronel Santiago Baibiene pocos días antes.

Los ejércitos se contemplaban. Aproximadamente 7.000 hombres se dividían casi en igual número de un lado y de otro. Unos y otros buscaban sacar partido de la situación topográfica, espera larga que llegó hasta cerca del mediodía. A esa hora el coronel Desiderio Sosa dio su orden y los cañones revolucionarios empezaron a batir la loma del Tabaco.

La situación de Baibiene fue haciéndose insostenible; chocaron la infantería de Baibiene con la caballería de Sosa y el combate fue general en todos los espacios.

La caballería de Baibiene fue sorprendida y se dispersó antes de atacar siendo lanceada por la espalda. Las cargas se suceden, es lucha de fusil contra lanza, el ímpetu de los potros no cede al tableteo de las descargas; vienen como el huracán. El coronel Daniel Artaza, quien será vicegobernador en 1893, tranquilo en medio del horror de los disparos, arenga a los soldados.
 El revolucionario coronel José Toledo, conocido en la historia como “Toledo el Bravo”, como un león, ruje e increpa. Wenceslao Martínez que es capturado por los baibienistas. Una batalla de enorme magnitud, digna de las más sobresalientes de nuestras luchas por la independencia y organización nacional.

Pero un suceso inesperado abrevia el cuadro. El coronel Baibiene, que avanzaba sobre la línea de fuego, se enfrenta coincidentemente con el coronel Valerio Insaurralde y su escolta. Es reconocido de inmediato el caudillo legalista y lanza en ristre. Insaurralde se adelanta al galope diciéndole: “Así te quería encontrar, Gringo”. Baibiene reacciona del estupor de la sorpresa, y todo su orgullo de militar y de varón estalla. Se ve indefenso y se arroja del caballo.

Y duro increpa: “Lancéeme, Coronel”. Insaurralde sofrena el potro, dócil a su mano de hierro y clavando la lanza en tierra grita: “Yo no asesino, me bato; ríndase coronel.” 

Baibiene se entrega y la noticia va corriendo en la línea. El coronel Sosa y sus ayudantes concurren al galope. Se saludan los jefes, y hay en la fisonomía serenidad en uno y en la del otro un enorme dolor. El cielo ha sumado a la lucha de los hombres sus elementos, un viento huracanado con fuerte lluvia. 
Si la revolución del doctor Justo resonó en el país, la victoria del Tabaco tuvo una relevancia enorme: la suerte presidencial de Avellaneda comenzaba un camino más exitoso. 

Es que Mitre con el gobierno de Justo o el triunfo de Baibiene, contaba con electores amigos para llegar a la Presidencia y su candidato a vicepresidente era nada más y nada menos, que un amigo de todos los sectores en pugna, el talentoso doctor Juan Eusebio Torrent. La victoria del Tabaco fue el golpe que concluyó con este nudo gordiano.

El doctor Agustín Pedro Justo, fue el que menos tiempo duró al frente de un gobierno en Corrientes, sólo 15 días (del 25 de diciembre de 1871 al 9 de enero de 1872).

En esta batalla fallecieron muchos ilustres correntinos, entre ellos, Vicente Gómez, padre de quien fuera gobernador de Corrientes, en 1901, Dr. José Rafael Gómez, y posteriormente vicegobernador integrando una fórmula de conciliación del Pacto en 1909, junto al doctor Juan Ramón Vidal.

Batalla del Tabaco -  Corrientes




Límites en pugna

Finalizada la criminal y trágica Guerra de la Triple Alianza (Argentina -  Brasil – Uruguay) contra el Paraguay, devendrían las intrigas entre los ganadores del enfrentamiento. Los brasileños y argentinos estaban en mejores condiciones que Uruguay para anexar territorios paraguayos a los propios, pro fueron los brasileños los que se llevaron gran parte. Sorprendieron a sus aliados desde un principio, dejando sus otras en ocupación de los centros más importantes, con el pretexto que estaban garantizando la reorganización de una especie de protectorado en país destrozado por la guerra. El Paraguay había visto diezmada su población de hombres, algunos historiadores hablan de que habían sobrevivido solo el veinticinco por ciento, contando a niños y ancianos. 
Cabe aclarar que antes de iniciarse la triste contienda entre países hermanos, se había firmado un Tratado Secreto entre los aliados, el que contenía clausulas vergonzantes, que hasta fijaban los límites de los territorios que se repartirían, como aquel “Art. 16  A fin de evitar discusiones y guerras que las cuestiones de límites envuelven, queda establecido que los aliados exigirán del gobierno del Paraguay que celebre tratados definitivos de límites con los respectivos gobiernos bajo las siguientes bases: La República Argentina quedará dividida de la República del Paraguay, por los ríos Paraná y Paraguay, hasta encontrar los límites del Imperio del Brasil, siendo éstos, en la ribera derecha del Río Paraguay, la Bahía Negra. El Imperio del Brasil quedará dividido de la República del Paraguay, en la parte del Paraná, por el primer río después del Salto de las Siete Caídas que, según el reciente mapa de Mouchez, es el Igurey, y desde la boca del Igurey y su curso superior hasta llegar a su nacimiento. En la parte de la ribera izquierda del Paraguay, por el Río Apa, desde su embocadura hasta su nacimiento. En el interior, desde la cumbre de la sierra de Mbaracayú, las vertientes del Este perteneciendo al Brasil y las del Oeste al Paraguay, y tirando líneas, tan rectas como se pueda, de dicha sierra al nacimiento del Apa y del Igurey”.
Así fue que finalizado el conflicto que se extendió por cinco años, el Paraguay terminaría perdiendo el cuarenta por ciento de su territorio.  A Paraguay, al término de la eliminación física, le llegó el saqueo financiero. En 1870 tuvo que contraer un empréstito con Londres por un millón de libras esterlinas, de los que no vio un centavo, pero pagó cada uno de ellos. Con respecto al ferrocarril nacional y las nacientes industrias, fueron destruidas algunas y otras intervenidas por compañías británicas. La producción agrícola fue puesta bajo control de empresarios brasileños y de sus fuerzas militares, financiadas por éstos y por los inversionistas británicos.
El art. 8.° del Tratado Secreto de la Triple Alianza establecía el respeto a la soberanía territorial paraguaya, lo cual no se cumplió pues el Imperio del Brasil, se adjudicó 63 325 km2, territorios comprendidos entre los ríos Apa y Blanco. La Argentina, a su vez, se apoderó de más de 95 000 km2, territorios que actualmente forman parte de las provincias de Formosa, Misiones y parte de Corrientes. Pimienta Bueno era un político brasileño sagaz y experimentado y uno de los tantos que se encargaron de las acciones diplomáticas comerciales con sus socios del saqueo. Entusiasmo a Mitre con la idea de anexar los territorios de Formosa y el de la Villa Occidental. Este territorio fue sin dudas la zanahoria que hizo caminar al burro hacia adelante. Los brasileños continuaban con sus ejércitos “protectores “para sostener los gobiernos liberales paraguayos. Pero en Brasil se desata una crisis financiera por el cierre del Banco Mauá, quebrado por la guerra. La riqueza brasileña se ve disminuida y se pierde el monopolio de los cafetales que no logran reponer la mano de obra diezmada en los esteros paraguayos. Se agitan los aires republicanos y abolicionistas en Brasil, y en el gabinete de ministros ya no está Río Branco sino Caxias, un buen militar. En Argentina, que tiene ya a Avellaneda de presidente, designa a Bernardo de Irigoyen en Relaciones Exteriores y este en cierta forma apuntala a la conducción paraguaya para lograr el retiro de las tropas brasileñas del territorio paraguayo. Claro que faltaba resolver la posesión de la Villa Occidental, para lo que acuerda se haga a través de un arbitraje de límites para el que acepta realizarlo el presidente de Estados Unidos de América Rutherford B. Hayes, quien entregó su fallo en 1878. En el mismo le reconoció el territorio en discusión al Paraguay. La legislatura resolvió denominar a ese territorio como Villa Hayes, en agradecimiento al norteamericano, nombre que ostenta hasta el día de hoy.
Las cuestiones de límites, para Paraguay, no habían terminado allí, ya que en 1933 se enfrentó con Bolivia en la conocida como Guerra del Chaco o Guerra del Petróleo por el control del Chaco Boreal, por un petróleo inexistente.  Dos empresas extranjeras: la Rochall Dusch (Shell), inglés holandés y la Standard Oil (Esso), norteamericana, utilizaron a dos pueblos hermanos, Paraguay y Bolivia, para sortear suerte sobre la posesión de un vasto territorio perteneciente a Paraguay, y donde se calculaba la existencia de petróleo

Laudo Hayes, Paraguay recupera territorio 
perdido a manos de Argentina



Telmo López – Guerrero del Paraguay

Ha tan intrincado el destino de quienes participaron a favor de las luchas por el federalismo
en esta región de América, que en muchas oportunidades se vieron envueltos en verdaderos
divagues de su propia existencia, y también marcados de por vida con responsabilidades que lejos estaban de haberlas tenido en los acontecimientos. Fue Artigas quien explicito muy bien la idea de que esta parte de América tenía la oportunidad de desarrollarse desde un racimo de estados autónomos formando una Patria Grande. El proyecto era tan grande y tan moderno, que hasta en nuestros días no ha sido posible instrumentarlo. Hubo regiones que casi desaparecieron en defensa de esas ideas, y digo regiones porque cuando las cuestiones de límites territoriales no se encontraban resueltas, las ideas y los ideales eran más importantes que las fronteras como hoy se conocen.
En América ocurrió una trágica guerra de naciones hermanas que significó cinco años de un
derramamiento de sangre que prácticamente redujo a su mínima expresión a la nación paraguaya, la que tuvo que enfrentarse a la alianza artera de argentinos, uruguayos y brasileños.
Hubo claras demostraciones de que en Argentina existieron importantes sectores federales, que no querían ser parte de aquella guerra contra un estado respetuoso del federalismo, y que incluso su presidente Francisco Solano López había sido participe en gestiones de paz para impedir la lucha de sectores en pugna de nuestra nación. Así quedó demostrado en los desbandes de las tropas entrerrianas producidos en los campamentos de Basualdo y de Toledo, que Justo José de Urquiza pretendía hacer participar de la guerra contra el Paraguay. Sobre estos hechos ya hemos comentado que el sentimiento del soldado entrerriano, muy resentido por la retirada de la batalla de Pavón de su jefe, sumado a la no intervención en ayuda a los orientales del General Leandro Gómez en la heroica defensa de Paysandú, que fuera el motivo armado para que se produjera el enfrentamiento con los paraguayos; había creado un rechazo absoluto entre estos federales contra el gobierno nacional de Mitre.
Un hecho particular, entre tantos, fue el que aconteció con el militar santafecino Telmo López, al que la historia oficial mitrista le puso el sello de traidor. Telmo había luchado toda su vida junto a su padre el Brigadier General Estanislao López y de su tío Juan Pablo “Mascarilla” López en defensa del federalismo, muchas veces con errores históricos a sus espaldas, pero convencidos de su lucha.
Ante el devenir de los acontecimientos del enfrentamiento con el Paraguay por parte de los
aliados, no dudó un momento y viajó al país hermano a ponerse al mando del General Francisco Solano López. Participó activamente en actos heroicos en la defensa del territorio paraguayo en varios de los combates y batallas que se fueron sucediendo, teniendo bajo su responsabilidad como comandante de un escuadrón de caballería a esos valientes que dejaban su vida por su suelo amado.
Con el paso de la guerra, comenzaron a aparecer las malas, las tropas paraguayas diezmadas y hambrientas, habían comenzado a ceder en cuanto al vigor demostrado en sus inicios, y el General Francisco Solano López comenzó ver a cada paso que era víctima de intrigas. Posiblemente en esos momentos de desesperación, el jefe comenzó a perder su eje y ordenó la detención de más de cuatrocientos de sus oficiales cuestionados, dentro de los que también había obispos, curas, civiles y hasta dos de sus hermanos. Los primeros días de los detenidos fueron terribles, debido a las condiciones de hacinamiento en que se encontraban, padeciendo hambre y sed. Alrededor de cuarenta de esos detenidos fueron condenados a muerte. Uno de ellos fue Telmo López, al que sus sueños federales lo llevaron a una muerte triste y sin aparente gloria. Nunca se supo dónde quedaron sus restos, posiblemente si la suerte final lo acompaño, en una fosa común o sus despojos habrá sido parte de las piras que se hacían de aquellos muertos anónimos caídos en el
extremo sacrificio.
A la luz de los hechos, podemos afirmar y desmintiendo a Mitre, que Telmo López no murió como un “traidor”, si no que su muerte reafirmó, sin dudas, la defensa de sus ideales hasta el supremo sacrificio, es decir que estamos ante la presencia histórica de un hombre valiente y heroico que no se traicionó ante su conciencia.



Nuestros dolores patrios

  Los 24 de marzo conmemoramos el “Día de la memoria, la verdad y la justicia”. Bien hecho que se haga, pero debemos preguntarnos, en realid...